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Mujer... ¿Quién te enseñó el camino de los poetas cuando dormías, pequeña, en el ocaso de los alfabetos?
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      Rosaura Waner fue una persona que no supo entender la vida. Se entregó a los demás en un ir y venir de situaciones divididas. Amó a su madre Magdalena quien cercenó, desde niña, sus deseos más queridos; la obligó a ser una mujer y a llevar sobre sí las cargas de un adulto. No disfrutó de los momentos por hallarse inmersa en un pasado gris que le dejó secuelas hondas: la muerte temprana de Magdalena y la de su hermano Juan José de treinta y cinco años. Nunca pudo superar los avatares de un destino poco feliz y entonces se quedó detenida en el albor de las estrellas, en los recodos de su pobre chacra, en el tenebroso lugar de los sacrificios. Allí con Santiaguito frente a su ataúd blanco puso su andamio de claveles para postergar su futuro con el pretexto de los sueños inconclusos. Fue hermana-madre hasta su muerte. Cuando falleció Magdalena comenzó una vida prestada con un hombre bueno que la quería y una hija que fue un ángel tembloroso a quien transmitió todos sus miedos. Jamás olvidó el pasado; añoró las noches iluminadas y las espinas, la rara manera de amar, la vocación de servir por obligación o para poder ser querida… Parecía no reconocer el entorno de su nueva casa mientras los años se iban con la soledad de sus piadosas súplicas. Caminaba más rápido que el tiempo.


    Rosaura vivió para el dolor, para llorar de la mañana a la noche a sus muertos, para velar por su hermano menor, Rubén, hasta el último día. A María, su hija, la cuidó como un tesoro que le costó mucho concebir. Sintió terror por su salud porque conocía de memoria el sabor de las ausencias; ahogó su juventud con reclamos absurdos y extendió la doctrina de su madre hasta el final de su historia.

    Según sus propias palabras amó a un Dios que le arrebató la vida.


                 

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    Tal vez, hubiera querido no haber nacido. Nunca lo dijo, pero sufrió tanto en la vida que ese itinerario hacia un paraíso no deseado pudo haber sido un alud de turbulencias frente a un sórdido calvario.  Desde la niñez hasta su muerte, con la que peleó a brazo partido sin treguas, a la que le habló como una amiga y también como una enemiga, fue siempre pasional, emotiva, sentimental, conmovedora… Ella dejó un vacío insostenible, una presencia que mira con sus ojos verdes las almas que abandonó de este lado del camino, sin querer, obligada por un Dios al que tanto amaba.




    Transcurría el año 1923 en Argentina con la presidencia de Marcelo T. de Alvear, quien continuó con la política de su predecesor Hipólito Irigoyen. Los chacareros formaban cooperativas agrícolas como una manera de enfrentar las posibles crisis económicas. La comunidad ferviente sentía pasión por el progreso porque sabían que podían contribuir a enriquecer el país.

    Una mirada atenta sobre el campo argentino en el período de entreguerras advertía que los fenómenos sociales y económicos que lo afectaban o que en él se produjeron tuvieron una intensidad que lo distanciaba de la casi inalterada previsibilidad del medio siglo anterior. Sucesos tales como huelgas de arrendatarios o peones cosecheros, o procesos complejos como las caídas de los precios del cereal, la transformación tecnológica y laboral o la reducción notable de los puestos de trabajo producto de crisis de empleo, suscitaron la atención de todos. Sin embargo, esta dinámica conflictiva del mundo rural estaba ausente de las imágenes que el Estado y buena parte de la sociedad reproducía entre quienes no tenían una participación directa en tales fenómenos.


    En ese crisol, los chacareros parecían artífices de un futuro lóbrego; sus caras negras por el polvo de todos los caminos se encendían… Se veían  lustrosas frente al sol que delineaba sus contornos de tinta. Estaban atrincherados frente a un vacío que les complicaba las ideas con sus razones incendiarias. Todos los llamaban gringos, casi de manera despectiva.


    La casa era modesta de ladrillos rojos y tenía una galería sostenida por columnas de hierro con varas de lienzo tejidas. Se veía desde el llano sobre el albardón. El cielo se emparentaba con el horizonte curvilíneo: una pampa atestada por la hierba reseca a causa de las sequías. Había una extensión de tierra que parecía un parque en donde se veían macetas, malvones, un naranjo, patos, gansos, caballos y un burro, además de las vacas que comían el pasto… El fanal sesgado ante las rejas mostraba su voluta azulada. La higuera patriarcal desdibujaba el contorno del telar con sus husos y pedales y mostraba la identidad de su dueña, su destreza. El molino musitaba su dialecto anodino y dejaba los años grabados en esos murmullos de mula por la montaña mientras las gallinas picoteaban las margaritas y marcaban huellas en las siestas de verano cuando el loro Pedrito hablaba sin parar. En esa armonía de colores, la piel emergía de su estatismo para incubar sueños en cada espiga, semillas en el corazón mismo de la penumbra, piélagos en la luna…


    En ese hogar no había espacio para el recreo porque había que trabajar para ganarse un lugar con el dilatado coraje que daba la avidez de las promesas. Sus moradores dejaban en el alma de quienes los conocían marcas indelebles de virtud y de moral tomadas de la dignidad de sus ancestros que con  perseverancia y resignación pudieron hacer frente a los cambios.

    Rosaura vivía allí con sus padres Magdalena Shalli, Juan Waner y su hermano Juan José. La niña había nacido a los siete meses, pero gozaba de buena salud a pesar de que la medicina aún no contaba con los recursos necesarios para atender los imprevistos o situaciones que escapaban de lo común. Rosaura, rubia de ojos transparentes, en la cuna de madera con ruedas de carrito medieval, parecía pilotear una nave en medio de un mar bravío. Era una beba inquieta con un carácter extraño mezcla de rebeldía y sumisión. Todavía no sabía del abolengo y de la pobreza, de la salud y de la enfermedad, pero se rebelaba con sus gritos y sus uñitas de gato que arañaban los barrotes de su cuna alba. Era una criatura que llegaba para servir… ¿A quiénes?.


    En esa rara orquesta de violines, la noche suspendida le regalaba las estrellas a una espiga que renovaba las promesas.

    Muchos ojos la miraban desde arriba como si esas personas vinieran desde un cielo bendito a despertar la vocación de grano y el sacrificio sin tregua.


    -¡Qué bonita!-decían las tías solteras tan frías y ausentes que la maternidad les resultaba algo molesto y lejano, con demasiadas responsabilidades y poca libertad.




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    En la humilde casa recibían a todos los familiares sin distinción de clases sociales; Magdalena y Juan eran sociables y repartían sus horas entre juegos de naipes, reclamos de trabajo, noches con velas encendidas frente a un campo inhóspito y santo. Lo raro era que, por decisión de Magdalena, no aceptaban visitas de extraños por temor a ser discriminados. La pobreza dibujaba sus trazos entre los goces del silencio.


    El tiempo solía ser cruel frente a las necesidades de cada uno porque nadie les regalaba nada; luchaban frente a enemigos que hablaban idiomas diferentes: la sequía, los gobiernos, la ignorancia, la facilidad para mentir, el menosprecio… La pampa parecía cubrirse con un tapete funerario que se extendía hacia el poniente sepultado por el hollín de los fogones.


    Magdalena tenía varias hermanas que residían en un pueblo pequeño llamado San Jerónimo Sud. Ellas vivían en una casona con los padres Isabel San Piero y José Shalli, quienes habían venido de Italia con la finalidad de encontrar refugio y trabajo. En la Argentina habían logrado más de lo que esperaban: fortuna, un apellido ilustre, la manera de ocupar un lugar en una sociedad difícil con pocas oportunidades y muchos obstáculos. En esa casa vetusta destilaban el vino de la alegría turbados por la ambición, la opulencia y el sabor amargo de la abundancia.


    José era un dictador, deux ex machina, de allí venía el genio de sus hijas; las facciones duras lo convertían en un caballero de temer, muy inteligente para los negocios pero demasiado soberbio con las personas del lugar. Con su esposa Isabel hablaban en italiano todo el tiempo, en especial cuando se enojaban entonces nadie entendía nada.

    -¡Pietá!-gritaba Isabel cansada de los autoritarios modales de su esposo.


    Ella tenía sesenta años pero parecía de noventa; su cara estaba delineada por surcos y contornos. Los vestidos largos con botones en la delantera le daban el aspecto de una anciana sin retorno, con las cenizas de los años sobre su cabeza, sin esperanzas ni metas. Como si todo lo que hubiera deseado en la vida lo hubiera logrado. Sólo comía y dormía como los animales que igual son felices, porque vivía a contramano tratando de hacer escalas entre los diminutos duendes que habitaban en sus espejos.




    Rosaura cubierta de encajes traídos de Florencia, agitaba sus piernitas que quedaban suspendidas en el aire. Entre los marcos ovales de los retratos había un acuerdo modelado por algún alfarero alucinado. La habitación era humilde pintada con cal, el piso de madera y las ventanas con postigones que se abrían al exterior y dejaban traspasar pequeños fragmentos de sol. El tío Agustín tocaba el acordeón en el patio trasero con el traje viejo y el olor a humo de los motores de las cosechadoras.


    Magdalena, la mamá, era arbitraria como su padre; siempre daba órdenes. En ocasiones y ante posibles enemigos que se acercaban a la granja, Magdalena salía a la intemperie con una escopeta y tiraba tiros al aire para que los ladrones huyeran del distrito. Era brava igual que sus hermanas porque sabía que en épocas de hostilidades había que defenderse sola y hacer justicia por mano propia.

    -¡Ellos o nosotros!-solía decir cuando Juan, su marido, la miraba como quien ve a un insano que no sabe qué camino tomar y elige el menos indicado.

    -¡Miedoso, hombre tenía que ser!.

    Juan Waner era una persona sumisa, un alemán de pocas palabras, que no intervenía en los asuntos cotidianos. Iba al campo en tiempos de cosechas y criaba la hacienda que era la suficiente como para vivir con dignidad. Sabía muy bien cómo retener las horas que se quedaban suspendidas cuando se sentaba en su silla a mirar el horizonte con un mortero de palo en las manos.  Nadie podía imaginar qué pensaba por esos años porque era muy introvertido; una persona resignada a una vida prestada, sin ambiciones ni egoísmos. Juan era bueno hasta la médula e incapaz de ofender o de preocupar a alguien de su familia, pero también era tan solitario que irritaba a Magdalena. Ella, en cambio, gritaba para ahuyentar la presencia desnuda de las penas que alborotaban los calderos, en las vertientes, frente al susurro germinal de las siestas.


    -¡Es que si no te quejas parece que no te importa!.

    -Mujer, no rezongues por lo que no tiene solución. No llueve… Ya sabes la naturaleza manda, si el gobierno no ayuda a los campesinos nada se puede hacer…

    -Te resignas tan fácil.

    -Ésta es nuestra vida y hay que aceptarla porque te lleva sola.




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    Magdalena era rebelde y no aceptaba la pobreza; quería progresar, arreglar la casa que estaba descolorida, colocar unas cañerías nuevas y comprar algún auto. En el patio trasero donde el tío Agustín tocaba el acordeón, Magdalena criaba gallinas y luego vendía los huevos en el pueblo. El dinero lo colocaba en un frasco de vidrio y lo enterraba en el piso de tierra del galpón de las herramientas, justo debajo de un carro de lechero. Ella tenía miedo que llegaran los ladrones a robarle el fruto de su sacrificio, ese pequeño aporte que no alcanzaba para nada porque no había tregua para el consumo diario. Había que remontar hasta la cima todos los días, sin parpadear, con el deseo de regresar del desengaño para hermanarse con el mundo.


    Magdalena veía cómo vivían sus hermanas en San Jerónimo Sud. A la residencia llegaba el doctor Horacio Santos a atender a la mamá Isabel que era muy frágil de salud; ellas se peleaban para recibirlo y lo acosaban con el anhelo vehemente de lograr su cariño. Él era demasiado perspicaz y suponía de antemano esos argumentos que le causaban gracia. No imaginaba rendirse ante los requerimientos amorosos de esas mujeres un tanto absurdas en el manejo de los sentimientos. Emancipadas y triunfantes parecían cobardes frente a la anacrónica prisa de quien las ignoraba y dejaba su modorra en esos patios y bajo el verde parral.


    ¿Por qué ellas viciaban con razonamientos fatuos las emociones y el amor?. Nadie entendía el porqué de esa conducta que las precipitaba a un retiro obligado. ¡Es que eran tan especiales!. Sagaces, calculadoras, ambiciosas y bonitas…, pero nada de eso alcanzaba para lograr la felicidad que las hermanas no tenían a pesar de los esfuerzos y el dinero. No sabían recorrer el camino del amor con sus etapas y sus pasos envejecidos por la sabiduría. El loco inventor de sueños le ocultaba el éxtasis que se consumía en el rubor de las candelas.

    La gente de la población las conocía y ningún hombre se atrevía a acercarse a hablarles porque, seguramente, sería desestimado con un epíteto grotesco. Sólo tenían que presentar un renombre profesional: abogado, médico, arquitecto…




    Para el bautismo de Rosaura eligieron a Isabel, hermana de Magdalena y muy diferente a todas. Ella era suave, dócil y cariñosa. Amaba a la niña como si fuera su propia hija; tenía deseos de protegerla porque, a pesar de ser un bebé, sentía que Rosaura se hallaba a la intemperie como si fuera huérfana. Es que Isabel veía a Magdalena fría y a Juan muy distante, eso le daba temor y, a veces, tenía la sensación de que debía suspender su matrimonio. Las manitas tibias alborotaban su sangre con besos cautivos que pedían asilo. El desgarro tenía la aspereza del llanto que se internaba en los cimientos de la casa, en las chapas de zinc de su techo, entre los gorriones y la lana de las ovejas.


    José, su novio, era comerciante y vivía en Marcos Juárez (Córdoba). Isabel tendría que alejarse, después de su boda, a esa ciudad para empezar una nueva vida. Su futuro esposo era un humilde vendedor de almacén que no ganaba dinero pero que sentía mucho amor por Isabel a pesar de que José Shalli, su suegro, no lo aceptaba:


    -¡Otro pobre en la familia!. ¡Qué destino!. Para eso las eduqué con tanto sacrificio. Si sabía me quedaba en Italia.


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  • 10/31/17--13:35: Libros eternos



  • Muy pronto por EDITORIAL DUNKEN de Buenos Aires, estoy muy ilusionada.

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    Yo soy asidua defensora de los libros en papel porque perduran con el tiempo, porque quedan en las bibliotecas de generaciones esperando ser compartidos, porque enriquecen la cultura de los que vendrán...

    Compren libros porque nos dejan sueños. De niña los adoraba, más que los juguetes.

    Se los digo de corazón... No porque quiera ganar dinero. No tengo regalías por las ventas. De verdad. Es por otra causa, mucho más importante. Es por vocación y permanencia.

    Muchos besos.

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    José soportaba los improperios de su suegro con altura; era un hombre muy culto e inteligente. Con el correr de los años, seguramente, podría demostrarle a toda la familia que estaban equivocados porque llegaría a cielo arriba con azotes y sin pecados.

    -Al hombre hay que amarlo por sus sentimientos y por su mundo interior, no importa el dinero o el apellido.-decía Isabel frente a las hermanas que pensaban diferente.


    En esa iglesia, construida con barro reforzado, moldeada en forma de ladrillo y secada al sol, desprovista de todo hasta del mismo Dios crucificado, Rosaura recibió los primeros sacramentos. Su madrina le regaló un vestido hecho con calados y lazadas, blanco, con una capa de tafetán con trencillas e hilos dorados y le compró también alhajas de oro para que la pequeña luciera ese día. El incensario reavivaba el perfume de las velas que se empolvaban con el furor de la gracia.


    Magdalena quería mucho a Isabel y a su futuro esposo pero no realizó fiesta después de la ceremonia porque decía que la casa no estaba en condiciones para realizar agasajos.

    -No importa, yo entiendo.-dijo Isabel con un gesto de compasión que irritó a Magdalena que no quería que nadie le tuviera lástima y menos alguien que, obviamente, iba a correr la misma suerte que ella.

    Sin embargo, José Shalli e Isabel, los abuelos, llegaron a la granja en un automóvil Nash (1919), con capota negra y cuatro puertas, amplio y ostentoso, con las hijas arrogantes y la pompa de su poderío. Don José vestía saco de casimir color gris, pañuelo de seda a cuadros, botines de becerro y espuelas peruanas; llevaba una pipa en un estuche de pana bordó con sus iniciales bordadas y anillo de oro. Juan los miró, desde lejos, entre los cardos, y supo que la tranquilidad estaba en peligro pues el  hombre de negocios no dejaba de mostrarse molesto y hasta incómodo en la modesta casa. Juan Waner se ofendía muchísimo y hasta llegó a despreciarlo más de una vez pero jamás lo mencionó porque era muy respetuoso. No quería herir a nadie, ésa era su premisa aunque un batallón de energúmenos le pasara por encima. Se quedaba bajo la arboleda como un pájaro amodorrado, con el defecto de ser un hombre sin huellas en un desierto que lo castigaba por la espalda.


    -Mira qué ocurrencia… venir…-dijo Magdalena completamente furiosa ante la llegada intempestiva de su refinada familia.

    -Hija, felicidades.

    -Gracias, pero no tenían que molestarse. Yo…

    -Nada. Dile a tu marido que se apure con los negocios que se le viene la noche.-dijo José Shalli con ironía.

    -Papá, usted no se preocupe, esto es lo que yo elegí…

    -¡Sin mi consentimiento!.

    -Bueno, cálmese-dijo Magdalena con un miedo terrible de que Juan escuchara la conversación. Él, detrás de la puerta, ya había oído esas palabras que le provocaron un intenso dolor en el pecho.


    Juan se consideraba condenado a la discriminación por un suegro que también había comenzado de la nada; sin embargo, no conservaba un poco de humildad frente a quienes no tenían el mismo talento o capacidad para superarse en corto tiempo. Él se encerraba en ciertos mandatos institucionales, estaba subordinado a pautas establecidas y rígidas que se inclinaban hacia conductas generales. El dinero era el principio y el fin de todo contenido y la vida giraba alrededor del éxito económico. Con esos ejemplos educó a sus hijas que eran su espejo porque no conocían otra forma de relacionarse con los demás; eran exigentes y materialistas, testigos y protagonistas de un presente que no admitía un futuro de carencias. Ellas, en el fondo, lo sabían por eso se rebelaban, por la furia que les ocasionaba no poder ver más allá. Estaban obligadas al triunfo de las ideas que edificaban en falta con la realidad. En el espacio sideral eran solamente minúsculas partículas de suelo estéril.


    A Magdalena no le importaba tanto el dinero, pero sí había heredado el carácter de su padre. Estaba consagrada a un marido ausente que remarcaba la pobreza y que no hacía nada para salir de ella y a una hija que amaba mucho, a pesar de que no sabía cómo demostrárselo porque dentro de su alma se libraban demasiadas batallas. El polvo cuarteado y desértico de un territorio lacerado por una naturaleza que tenía la última palabra, le decía que estaba condenada a la muerte de sus sueños.


    Juan, después de haber escuchado las palabras de José Shalli, se recluyó en el galpón donde guardaba el tractor viejo de su abuelo y se quedó allí hasta el anochecer. A unos diez metros y como dibujando un patio de tierra pisoteado por las gallinas, que quedaba entre los naranjos y el palenque, había un rancho envuelto en un pajar. En su interior, se hallaba una cama armada con un recado y varias llantas de galeras dispersas a modo de sillares. A menudo, encendía el brasero y recordaba las recomendaciones de Magdalena:

    -¡Te vas a morir asfixiado!. La combustión incompleta del carbón forma un gas tóxico.




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    A Juan lo encontró su hermano Bernardo que venía cortando camino por el medio del campo con cinco perros y una rama que utilizaba para abrir paso entre los sembrados. El hombre era un verdadero baquiano que conocía a la perfección las leguas de llanura, bosques y cultivos. Lo encontró tapado con un poncho.


    -A la soja se la están comiendo los bichos.-dijo removiendo la tierra que parecía polvo fino.

    -Y bueno…

    -No llueve; el año pasado para esta época ya habían caído noventa milímetros.

    -Y bueno…-volvió a decir Juan totalmente ausente, sin ganas de hablar de nada.

    El aire parecía dormido en esa temporada de sequía que amenazaba a los animales a la postración completa; estaban flacos y desmejorados. El estío venusto gritaba su porfía.

    Bernardo no se daba cuenta de los conflictos interiores de su hermano porque él era distinto; le importaban las historias de mujeres pero no tenía con quien abordar esos temas, también le interesaba el campo, guardar el dinero de las cosechas y no gastarlo en nada. Soñaba con las pepitas de oro que algunos conquistadores encontraban en los arenales. Vivía al límite de la indigencia total. Bernardo era de esos campesinos que cuando morían, de viejos y enfermos, dejaban fortunas debajo de los colchones, detrás de los mosaicos, bajo las raíces de algún árbol… Billetes que, obviamente, ya no servían y que nadie los encontraba hasta después de diez o quince años. Era un hombre subterráneo, de huesos amarillos, que actuaba como un juez frente a la presencia de la inseguridad. Parecía saberlo todo debajo de esa figura sellada por la rigidez de sus palabras.


    Juan no se parecía mucho a él; sin embargo, había algo que los unía: el amor por la tierra, arañar el surco hasta quedarse rendido, no alejarse jamás de su predio ni para ir de vacaciones. Ese tema no se tocaba en la familia. Tenían que vivir para el campo, revisando papeles y haciendo cálculos de la mañana a la noche, con el lápiz detrás de la oreja intentando buscar el disfrute en un mate y en un buen asado. Ellos flotaban entre las raíces y el lodo, tratando de desmembrar la sabiduría que los devoraba como un monstruo porque sabían manejar los espacios.


    Los chacareros no se quejaban porque estaban acostumbrados a una existencia  sin sorpresas, igual cada jornada. Debían esculpir bajo ese semillero de la nada una posición sólida.  Para los demás, eran esclavos de la propiedad a la que le debían respeto y cuidados diarios, sin feriados ni fiestas navideñas. Nadie les simplificaba las cosas y el gobierno los torturaba, desde tiempos inmemoriales, con impuestos que no justificaban las ganancias. Pero igual era inútil rivalizar con ellos porque se aferraban al suelo que los vio nacer, con las garras propias de quien está dispuesto a dar la vida por lo que ama, a morir de hambre por defender el honor y a venerar la sangre de los ancestros.



    Magdalena y Juan luchaban de igual manera por un lugar que estaban construyendo con el esfuerzo y la disciplina de ella y con la tranquilidad de él que entendía, en el fondo, el verdadero concepto de una realidad que podía modificarse. Tal vez, no sabía cómo hacerlo y por eso se abandonaba a la desesperanza. Sólo Juan decidía si quería contestar esos interrogantes. Para él, la atmósfera le pedía un luto  cubierto por una estela de humo que lo adormecía, bajo esa hojarasca de los hados, dejando sus sentidos embriagados.





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  • 11/04/17--15:41: Manuela, una mujer sin edad


  • Manuela divagaba porque no podía ocultar el idilio que tenía con su amada hija pero tampoco deseaba cruzar la reja porque sus huesos arrojaban frío. Sabía que en el fondo de la sombra estaba la tempestad, un demonio que no entendía de bendiciones y con quien tenía que luchar hasta dejar la última gota de sangre. Por momentos, creía ser tan omnipotente como Dios pero luego caía en el silencio que da la incertidumbre con su oleada de presagios. Ella era la niña que necesitaba abrigo porque el espejo no tenía cara para enfrentar sus arrugas.


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    Manuela llevaba sobre sí la lucha encarnizada con los miedos desde tiempos inmemoriales; cada día era una prueba que tenía que padecer con sus enrarecidas ideas, con las vírgenes y los santos andaluces. Ella jamás creía que estaba a salvo de ser sacrificada aunque su mayor dolor no era su propia muerte sino la de los seres queridos.


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    PUBLICA EN:


    El silencioso grito de Manuela
    (solamente en papel)




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    José tras el olfato de sus perros cimarrones era un campesino expuesto a las plagas de langosta; parecía tener un color diferente en su rostro y se confundía, de a ratos, con actitudes primitivas. Recorría los galpones y se recostaba en algún colchón de chala mientras miraba el vacío como si la vida fuera una mujer que no le daba alegría ni pena.


    En tiempos de sequía, se martirizaba observando la tierra y los cielos con desesperación; reclamaba lo que era suyo y parecía que no le importaba otra cosa. Le pesaba la sangre de los colonos en el cuerpo, esa masa de huesos magullada por las cruces de Manuela, la rigidez de sus ambiciosos padres y el amor por Letizia que parecía olvidado por los hielos de la escarcha.



    José no pensaba en la soledad y observaba el crepúsculo ambarino sólo para saber el color de sus espigas, la virginidad de las plantas y ver la hojarasca en los terrenos áridos. Nunca se quebraba porque su sangre parecía helada entre las venas, pero lo cierto era que él eternizaba el amor de Letizia; no lo custodiaba ni lo desamparaba solamente lo sumergía en un mutismo de lejana cercanía. Necesitaba de esas alas para aislarse en busca de su yo, aprender de sus raíces y dormirse en la paz de ese linaje en el cual, tal vez, no existían ni Letizia ni sus hijas.

    El desamparo del labrador no lo asfixiaba. ¿La vida era tan sólo eso? José era un militante de las apariencias como su suegro Julián; necesitaba dinero para ser feliz y pensaba que los billetes mantenían fieles a las esposas.

    “Cuando las mujeres exigen dinero a cambio es porque ya han dejado de amar”.



    José inmerso en los cuatro vientos de la llanura aborrascada no prestaba atención a las cuestiones del espíritu porque la quietud lo adormecía bajo el alero colonial de la casa de sus padres. Él era inmaduro igual que Manuela y ya no tenía capacidad de asombro porque la rutina no le dejaba ver lo que en realidad tenía valor. Infranqueable para demostrar afecto creía ser justiciero y sacrificado porque cuando volvía a la casona se mostraba sufrido; era una persona sin opciones, un fugitivo en quien nadie podía depositar sus anhelos, miedos o desdichas porque él estaba necesitando abrazos.


    --------------De "El silencioso Grito de Manuela"


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    Rosaura guardó el barquito de papel que le regaló el tío Agustín en una revista de Magdalena sobre plantas, cultivos y semillas. A los arbustos rosáceos de tallos ramosos, con aguijones, hojas compuestas y flores terminales se los llama rosales”,decía un artículo que la niña observaba detenidamente mirando las imágenes porque no sabía leer. Es que recién había cumplido tres años. Ella se escapaba hacia el patio trasero para escuchar cómo el tío Agustín tocaba el acordeón sentado en una silla de tres patas; allí también se acurrucaba contra la pared, en el piso, vestido de marinerito con un gato en los brazos, su hermano Juan José de siete años. El niño, silencioso, atrapaba la melodía con un gesto de vergüenza que lo empapaba de ternura.


    El tío Agustín era obrero de la música pues parecía no tener empleo alguno, sólo criaba cerdos con postura de capataz en los fondos mientras hacía el inventario de sus bienes y efectos, pero lo que más le gustaba era el arte y los instrumentos de viento. Sin duda, era un bohemio escapado de alguna galera de mago. Una imagen insepulta de payador.


    Rosaura tenía un triciclo deslucido que había heredado de alguien. Por las noches se paseaba por la vereda de ladrillos, sola en la oscuridad, y se detenía a mirar el cielo. La Cruz del Sur parecía suspendida sobre los campos. Magdalena le había contado, con sueños de evangelización,  que cada una de las estrellas que brillaban era una persona que había fallecido, que se hallaban en una especie de faja de luz blanca y difusa que atravesaba casi toda la esfera celeste, de Norte a Sur, y que nos miraban, tal vez, con los ojos vidriosos y el alma carente de afecto. Eran astros con vida que sentían el peso del llanto en la vastedad del tiempo.



    La niña rubia quería saber  cómo los espíritus huían de los cuerpos y podían ascender a grandes alturas sólo para observar los pasos de los seres amados. Ella no entendía de religiones pero llevaba una medallita muy pequeña de la Virgende Luján. La estampa la acercaba al secreto de la fe con una ilusión casi desgarradora.

    -¡Rosaura ven acá!-le gritaba Magdalena.

    -Trátala con más dulzura, no ves que es pequeña.-le contestaba Juan con un hilo de voz.


    Juan José era muy apegado a su madre, aunque parecía algo díscolo  como Juan. Casi no hablaba y se iba al campo a cazar palomas y liebres; en los terrenos lindantes, frente a los cercos de cinacina, pastaban las vacas y él las observaba, pero esos animales le producían pensamientos melancólicos. Tal vez, estaba celoso de Rosaura porque atraía toda la atención; sin embargo, Magdalena no la protegía tanto. Seguramente, la amaba pero se mostraba distante con la niña que no pedía nada porque, con sus tres años, ya se daba cuenta de que no debía esperar mucho de su madre. La veía obsesionada, como si arañara una ilusión con perfume a incienso y a hojas de retamas.


    Magdalena ejercía la autoridad moral y no escuchaba consejos porque se sentía superior; era una persona omnipotente que creía que todo lo hacía bien y despertaba rencores en los demás. Era dispersa, nerviosa, fría… Su familia la consideraba demasiado autoritaria; en definitiva, era como su padre José Shalli. Lo que nadie podía explicar era el hecho de haberse casado con un hombre manso y sin doctrinas. Juan vivía fracturado por la obligación y la timidez, con un destino indisoluble.

    -Voy a hacer un guiso de lentejas con panceta y morcillas.

    -¡Otra vez!.

    -Déjame en paz.


    -El médico te dijo que trates de comer liviano por el hígado-comentó Juan cansado de las descomposturas de Magdalena.




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    Plaza Colón


    MADRE, ESCRIBE…


                                                 “Entre hechizos de gato

                                            y rejas

                                                        mi madre con su tejido

                                                                       escuchando mis cuentos…”






    Hoy regreso a la infancia atardecida

    a leer en la nostalgia que ilumina

    tu dulce abrazo con lumbre cansina

    y el tañido cual cítara dormida.



    A la noche, una farola encendida

    evoca ya tu palabra divina,

    es piel  de mi alma, estrella matutina,

    coraza de mi temor a la vida.



    En tu ser mi vocación admirada

    escucha la novena letanía

    cuando tu amor es sombra inalcanzada.



    ¡Madre… iza de la tierra labrantía

    la semilla de mi mano espigada

    y habla con la letra de mi poesía!


    L.Fraix



    ---------------------------En el año 2005 recibí de las autoridades del Museo de la Ciudad y del Intendente el premio Plaqueta por este poema dedicado a las madres. Fue muy emotivo para mí porque se cumplían dos años del fallecimiento de la mía. En su honor, coloqué la mismo galardón en el cementerio donde ella descansa. 
    La Plaqueta se encuentra en la Plaza Colón de mi ciudad (Argentina).
    Gracias a todos los que confiaron en mí, es uno de mis premios más queridos.

    ----------------------------------Así comienzo mi libro:Querida Rosaura. ¿Cuánto dura el amor?

    La eternidad




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    El 27 de febrero de 2001 fue un día muy especial. 
    Alguien llegó a apagar las lágrimas y a sanar los cuerpos y las almas.

    Se llamó Milagros.

    Rosaura la amó desde el primer momento en que la vio y esperó que su cuerpo algodonado le diera el calor y las fuerzas para continuar viviendo.

    Después, cuando se fue a estepas heladas, Millie recorrió los cuartos vacíos de la casa de tejas coloniales y lloró sobre su cama con almohadones rosados, buscando aquel abrigo.

    Frente a la lasitud del tiempo y su distancia, ella siguió siendo una criatura sabia que, con su amor, pudo llenar los vacíos y mitigar el dolor y la soledad del espíritu.

    Continuó siendo niña como aquel día de verano cuando saltó imprevistamente sobre el pie de María (la hija de Rosaura) y la miró con sus ojos chinescos.

    "Los animales eligen a sus dueños", dicen.


    ---------------------De Querida Rosaura (novela)

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  • 11/09/17--18:25: Conabip



  • Me he convertida en amiga de la lucha.
    En ella encuentro refugio, esperanza, fortaleza... y puedo decir que hermandad.

    Cada paso es una nueva experiencia y si bien me desilusiono a menudo, me levanto otra vez para continuar mi sueño. Todos tendrían que fijarse metas a corto plazo para encontrar la paz. Eso para mí es la felicidad.

    Los pequeños logros se convierten en grandes desafíos.
    Yo siempre me pregunto:
    ¿Para qué escribo tanto? ¿Para quién?.

    Y siempre aparece alguien.



    Mi libro se encuentra archivado en este sitio-----------------------------------

    La Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) es un organismo estatal de la República Argentina dependiente de la Ministerio de Cultura de la Presidencia de la Nación Argentina que apoya y fomenta el desarrollo de bibliotecas populares en todo el territorio de la República Argentina.

    ------------------------Mis aliadas de toda la vida, las bibliotecas: un puente a la cultura.




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    Ella se ponía a preparar la cena sin escuchar, como era su costumbre, los reclamos de su esposo que ya no sabía qué hacer con la terquedad de Magdalena. Por momentos pensaba qué los unía en el matrimonio, por otros sentía que nada los separaba. Estaban acostumbrados a estar juntos sin esperar respuestas, con la pálida alegría de las presencias y la seguridad de pisar suelo firme.


    “El amor crece con los años y cada uno ejerce la custodia del otro, sin presiones y con todos los riesgos”, pensó Juan con la mirada extraviada entre las matas porque veía que algo se movía… Era Juan José que había construido, en la maleza, una especie de huta para aguardar a las liebres que pasaban por el camino y echarle los perros.


    Su padre, al verlo alborotar los pastizales, comenzó a reírse pues le daba gracia la ocurrencia de aquella “cosa” que removía la tierra.

    -Que sea feliz.-dijo como si en la casa se librara la guerra contra la esclavitud.

    Como viento que gira en grandes círculos y a modo de torbellino, se acercaba José Shalli e Isabel. Venían por el camino polvoriento barrido por el fuego de los payadores y por el juramento de los chacareros.  Los abuelos llegaban a desbaratar la paz con una palabra, con todos los esquemas establecidos y una sola identidad.


    -¡Están de vuelta!-dijo Magdalena enojada desde la cocina entre las verduras y legumbres, con las manos húmedas y el delantal a medio camino.

    Juan escapó por la puerta de atrás porque no soportaba las ínfulas de su suegro que lo hostigaba con sus ojos. Se sentía desnudo cuando esa mirada se posaba en su cuerpo.

    -Cuándo voy a llegar a una fonda lujosa.

    -Nunca, papá, deje de atormentarme, quiere…

    -¿Hay que pagar para estar de huésped?.

    -Por favor. ¿Qué necesitan?.


    Rosaura corrió a subirse a la falda de su abuela Isabel como tratando de buscar abrigo en ese cuerpo embriagador. Era bueno tener un refugio con la pureza y la figura agigantada de una madre.

    La hornacina ardía con su fuego igual que el corazón de Magdalena que estaba a punto de estallar de ira ante los gestos de su padre. Esa voz entonaba las sílabas de manera brusca y catedrática.

    -Vamos a llevar a Rosaura al pueblo para que se alimente bien.

    -Esto es el colmo del absurdo. La niña se queda con sus padres. ¡A quién se le puede ocurrir!.

    -No ves que está temblando.-dijo Isabel que sostenía a Rosaura acurrucada en su regazo.

    -¡Se queda acá!-gritó Magdalena harta de soportar a su padre y su manera despectiva de tratar a su familia.

    Rosaura miraba a Magdalena como quien ve a una santa a punto de ser ultrajada porque la amaba muchísimo. La veía defender su dignidad con el poder de una soberana dueña de sus propias leyes.

    -Hola… cómo le va, abuelo-dijo una voz desde la puerta.

    Era Juan José que se acercó al dintel con tres palomas y una liebre muerta que arrastraba por las orejas.

    -¡Un conejo!-dijo Rosaura.

    -Vete para el galpón con esas porquerías y con la tierra que traes…

    Entre las herramientas oxidadas, tembloroso y descolocado, Juan José encontró a su padre.

    -¿Le tiene miedo al abuelo?-le preguntó el niño.

    -No, hijo, es que tenemos diferentes pensamientos. Él es un hombre muy rico.

    -Y eso que tiene que ver.

    -Bueno, no acepta nuestra manera de vivir.

    -No le haga caso, papá. El abuelo José no sabe lo que se pierde…



    Juan sonrió con cierta tristeza pues había algo en él que lo retrasaba, como si en vez de avanzar retrocediera en el tiempo. Era un impedimento psicológico que lo sumergía en una cisterna y que le oprimía el pecho, un vacío existencial que lo aquietaba hasta dejarlo inmovilizado. Ni Magdalena que era de carácter fuerte podía estimular su falta de pasión. Es que estaba resignado a una vida en contienda con su propio yo al que sí necesitaba resucitar porque se hallaba medio muerto por los avatares del destino. Juan pensaba que debía hacerle frente a José Shalli porque no tenía razón pero sus palabras y los gritos del anciano lo amedrentaban, entonces huía para no escucharlo hablar necedades. Prefería estar entre los gorgojos y el olvido, quemado con el fuego de su locura, pero jamás ofenderlo.



    A Juan, a veces, la arritmia le jugaba una mala pasada. Es que estaba demasiado expuesto, parecía que no le importaba su decadencia económica; sin embargo, el sufrimiento lo llevaba por dentro como un nudo que le oprimía las arterias. No podía ser libre y esa angustiosa situación lo enmudecía con la soledad de la resignación.




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  • 11/11/17--13:11: Megustaescribir---red social




  • Hoy les traigo una propuesta para todos aquellos
    que les gusta escribir
    además de tener un blog con seguidores.


    ME GUSTA ESCRIBIR
    es una red social
    que te permite subir tus poemas, cuentos, novelas, ensayos...
    y que otros escritores
    puedan leer, comentar, calificarte con aplausos
    y darle otro rumbo a tus escritos.
    A mí, personalmente,
    me entretiene porque es una comunidad muy activa
    donde se puede recibir todo tipo
    de opiniones.
    No es para vender
    pero se puede también subir un libro completo.
    Por supuesto que está el principiante
    y el que está más comprometido.
    Como siempre digo a mí me gusta compartir literatura,
    como lo hacía en el taller.
    Todos merecemos tener un lugar en el mundo de las Letras,
    y para luchar sobra tiempo.



    Lo bueno que tiene también es que

    Los mejores pueden llegar al editor enmascarado de Penguin Random House

    y editar tu libro.





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    Hola a todos los escritores de Argentina.
    La editorial Dunken te da la oportunidad de publicar GRATIS, en antologías compartidas, poemas y cuentos cada cuatro meses.
    También te permite publicar una obra individual por año: novela, libro de cuentos o de poesías. Hay que entregar por e-mail el trabajo en formato Word y ellos se encargan de evaluarlo; si no resulta el elegido puedes enviar otra obra pero tiene que cumplirse el plazo de un año.


    También tienes la opción de publicar tu libro con ellos pagando los ejemplares que quieras editar. Te dan la oportunidad de ir al stand de la Feria del Libro de Buenos Aires y firmar tus ejemplares, que puedan conocerte los posibles lectores e ingresar en el mundo de las letras que es maravilloso, también distribuyen en librerías físicas y virtuales de todo el país, en Amazon, etc



    La difusión se realiza a través de los siguientes medios:







































































    Realmente es una gran oportunidad para crecer como autores.

    Todos estos datos en este enlace


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  • 11/12/17--14:00: Escribir a partir de Gabo


  • Me enseñaste tanto...tanto!!!.
    Como eterna aprendiz seguiré tu huella.
    Gracias por haberme permitido volar dentro de cuatro paredes, por vivir contigo tantos años de soledad (como cien), por acompañarme en mis largas siestas aferrada a los amores en tiempos del cólera, a los cuentos peregrinos cargados de voces del pasado entre geranios antiguos y nostalgias, por dejarme naufragar en algún relato maravillada por un coronel que esperaba palabras escritas con pluma china en pergaminos con olor a incienso. La hojarasca llegó con el sonido del tren entre los despojos de un amor triste... para quedarse... como tú, para siempre.

    Luján Fraix-2017



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    Hola a todos.

    Disculpen que vuelva sobre mi libro. Es que amo la escritura y defiendo mi obra porque creo en ella.

    Cada historia que escribo es como un hijo que tengo que defender.

    Una amiga muy querida me dijo:

    "Escribe siempre con vocación y humildad y trata de hacerlo bien".

    Ésa ha sido siempre mi prioridad.




    “Aún tenía aquel libro con las cartas entre sus páginas. Pensó vagamente, antes de dormirse, que el amor puede nacer de la casualidad, de una equivocación o de una burla, de un desencuentro o de un encuentro furtivo, intenso e irrepetible; que la vida es sólo un viaje interminable hacia la felicidad perdida, el intento de evadirse de la ira de los dioses, de la muerte y del tiempo, y que el mundo es como el despertar de un sueño desconcertante y prodigioso.”

                                                                          Héctor Tizón




    "La mujer de blanco no quería cargar con la culpa de los mediocres y de los tibios, no podía ser cómplice ni testigo pero arrastraba, pesadamente, palabras dulces, ridículas, que evocaban antiguos veranos, risas y encuentros de amor.
    Su casa estaba cerrada y allí se multiplicaban los patios, las sombras de negro, las voces de sus padres y los ecos. Los gatos la miraban como la madre que era para acariciar sus patas despeinadas en su regazo.

    Ella pensaba que el suelo ya había bebido su sangre y que los días se habían llevado, muy lejos sin dejar huella, los restos de su vida: una fiesta de boda que apenas había empezado a celebrarse..."(fragmento)



    LA NOVIA
    ¿Ella regresó por amor?

    En Amazon como e-book y también en formato libro tapa blanda.


    ***


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  • 11/15/17--10:10: El libro de Manuela


  • Se abre el libro mayor
    y allí figuran los primeros miedos
    y los insomnios que hablan...
    Cien años sobresaltada por los misterios.
    Dos ojos,
    severamente, recorriendo la casa
    que suena a cristales rotos.
    La manta de lana
    juega en sus hombros
    con los doscientos folios
    en sus gotas de miel.
    ¡Todo se registra en el libro de la vida!
    Los hijos
    y la ausencia de ellos,
    la casa rural,
    la gata Máxima,
    el dolor,
    la página en blanco.


    El silencioso GRITO DE MANUELA

    AMAZON (e-book)

    https://www.amazon.es/gp/product/B01AX0C47I/ref=s9u_simh_gw_i2?ie=UTF8&pd_rd_i=B01AX0C47I&pd_rd_r=79212b9e-ca2f-11e7-87a2-bb6294b4bb15&pd_rd_w=DEQzc&pd_rd_wg=8hL0D&pf_rd_m=A1AT7YVPFBWXBL&pf_rd_s=&pf_rd_r=XX7E8YBNS41DS6D3W6VP&pf_rd_t=36701&pf_rd_p=9c4ddb6d-0e83-4f42-afba-efa5ee190bb4&pf_rd_i=desktop

    AUTORES EDITORES (papel)

    https://www.autoreseditores.com/libro/5431/lujan-fraix/el-silencioso-grito-de-manuela.html



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  • 11/16/17--16:07: Retratos literarios: Clara

  • Salvador, al pasar frente a una columna, se sobresaltó… Allí, parada, estaba ella: Clara. Ese amor que tuvo en su juventud y que abandonó por su capricho sexual. Ella era completamente distinta a Dolores, una joven fina y educada, sobria en sus modales, tierna y dulce, mientras que su esposa era ese tipo de mujer que deslumbran y que todo hombre, que es exhibicionista, le agrada mostrar a los demás como un trofeo. Sólo que después de treinta años de aquella Dolores ya no quedaba nada y Clara seguía siendo la misma joven angelical y bella.


    Ella lo miró con el mismo amor y tristeza que el día en que se alejaron para siempre. Parecía haber quedado detenida en las horas aquellas de su adolescencia, estaba igual o más bella; a Dolores, en cambio, el tiempo la había castigado en demasía. Salvador se olvidó un poco de Guillermo para mirar a Clara que no dejaba de observarlo con sus ojos oscuros; ese halo de soledad que siempre tuvo y que transmitía le llegó al corazón como una daga. Sintió arrepentimiento, culpa, vergüenza…


    Ella se había quedado soltera esos largos treinta años, con la angustia de no saber el porqué del abandono. Se notaba que todavía sentía amor por él, pero también no podía negar que la situación resultaba absurda e irreal. Clara era una mujer demasiado espiritual, pero se hallaba herida. (fragmento)

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    De--- La Novia ¿Ella regresó por amor?


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  • 11/18/17--13:05: Algo de mí



  • "Su trabajo es excelente y no constituye una sorpresa para mí, pues tengo bien mensurado su nivel literario, que es de lo mejor. Su prosa es la más adecuada para el buen cuento y para la buena novela: sugerente, esquiva, con sabiduría, siempre armoniosa y densamente poética. Y esto es importante, nunca cae en el prosaísmo ripio que desluce el estilo conduciéndolo hacia lo trivial y lo insulso."


    Prof. Raúl Rossi del Conservatorio Literario de Rosario (Argentina) "FIELES CUSTODIOS DEL IDIOMA".





    "Como coordinadora del Taller "Encuentros" quiero decir, que Luján une a la calidez de su personalidad una capacidad y potencialidad creativa que se torna valiosa por su respeto en el manejo correcto de la lengua escrita y su cuidado constante por defender la pureza de idioma que la convierte en una de las promesas en todo el ámbito de las letras nacionales."

    Prof. Susana Cauzillo



    Que su autora este orgullosa de su obra. Todo llega, muy lento pero llega y cuando eso pasa, debería ser el día mas feliz de nuestras vidas pero: los celos, la envidia, el dinero, acomodos y tantas cosas muchas veces, opacan las obras y a los artistas. 
    Es una lucha permanente, quijotesca, todos los días. 
    Como entiendo esto! Abrazo y fuerza!...


    GRACIAS!!!
    Ediciones Renacer



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  • 11/19/17--15:45: La noche... sin hijos


  • Ella sabía que no podía hacerlo y se abandonaba a las horas que se consumían como velas rojas.
    Sus hijos eran tesoros que debía cuidar de las inclemencias de la vida; sin embargo, los abandonaba para caer por el abismo de las tisanas, los licores de sal y las estampas milenarias.

    El miedo paraliza...
    La guerra contra él era solamente una pantomima, un dibujo, entendía que no iba a ganarle nunca.

    Y aparecía el destino que manejaba los hilos de la vida: primaveras y estíos marcando su compás de espera. 


    ¿Qué hará cuando llegue la noche sin perfumes ni letras... sin hijos?

    ¿Cómo olvidar la furia cuando nos adormece la calma?

    De----El silencioso GRITO DE MANUELA



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    Los abuelos se fueron sin haber logrado llevarse a Rosaura a quien veían como una especie de niña sudafricana y huérfana, mal alimentada y sin ropa. Pero no era así. Magdalena se desvivía por cocinar lo mejor o lo que más le gustaba a ella, tejía mucho y Rosaura tenía también vestidos costosos y de buen gusto que le regalaba su madrina Isabel. Era una niña fina en medio del terreno agreste, con el alma ebria de tanto beber lágrimas.

    El tío Agustín, quien era un artista, se encargaba de darle educación antes de que le tocara ingresar al colegio. La pequeña Rosaura ya sabía las letras y los números de memoria, escribía el nombre e intentaba leer junto al fogaril en las noches de invierno cuando la vida estaba hecha de colores.




    El 12 de octubre de 1928, Irigoyen prestó por segunda vez el juramento constitucional. Llegaba nuevamente a la presidencia, pero las circunstancias no eran las mismas del año 1916.

    Su salud estaba quebrantada; su partido se había dividido. La crisis mundial se insinuaba ya con evidencia.

    El descontento sucedió rápidamente al entusiasmo inicial. La oposición comenzó a organizarse; se acusaba al presidente de descuidar la administración pública y de dilatar la solución de los problemas más urgentes; a sus colaboradores de mantenerlo “rodeado” y al margen de la realidad política del país.

    “Cuando un pueblo tiene personalidad propia y un alma nacional formada por el conjunto de sus tradiciones históricas, y permanece unido por ideales comunes, costumbres e idioma, constituye una verdadera Nación.”




    En la hacienda de campo, cercada, con la casa de labor y los establos respectivos, Magdalena estaba esperando un bebé. Juan seguía escapando hacia el granero para observar las plantas gramíneas con espigas y semillas molidas y también para no escuchar al abuelo José. Se sentía preso y alborotado en una jaula, con las alas maltrechas, y cansado de tanto golpear las rejas.


    Rosaura se hallaba feliz con la llegada del hermanito a quien veía como un muñeco para jugar, pero ya le tocaba ir al colegio. El hecho de sentarse en los bancos de las aulas de la escuela 230 Paula Albarracín le daba mucha ansiedad y emoción; aunque entendía que al principio se aburriría mucho porque ella ya sabía leer y escribir. El tío Agustín le había enseñado; Magdalena se lo agradecía de corazón. Había descubierto a un hermano dispuesto a colaborar, noble, un ejemplo de rectitud como lo era Juan, su esposo.


    Los útiles que Rosaura tuvo que llevar el primer día de clases fueron los justos y necesarios, pero también los de mejor calidad. Magdalena no quería que su padre hiciera un solo comentario, por eso para estas ocasiones buscaba el dinero que tenía enterrado bajo las chapas del galpón. Ella sabía que había que darle importancia a la educación, aunque el destino le indicara que tenía que dejar sus huesos cautivos entre la vegetación y los trinos.



    El tío se subió al sulky y acercó al colegio a Juan José y a Rosaura; les dijo que se portaran bien, que el más grande cuidara del más chico y que a la salida volvería a buscarlos, pero, al pasar las horas, quien se presentó frente al instituto en su automóvil Nash fue José Shalli. El abuelo, altanero como pocos, pensó en tener un buen gesto despojado de toda soberbia. No le salía bien.

    -Vengo a llevar a los niños para la casa.

    -Padre, con todo el respeto, yo he venido a recogerlos-dijo Agustín alterado porque sería reprendido por Magdalena sino cumplía con lo acordado.

    -Eres necio.

    -Padre, no me obligue…

    -Eres un inepto que no te sabes ganar la vida, no hables con derechos porque no los tienes. Yo soy el abuelo y merezco disfrutar de mis nietos.

    -Magdalena no quiere que los niños se acostumbren a una vida que ella no les puede dar. A Juan José y a Rosaura no les falta nada, comprenda…

    -Abuelo.-dijo Juan José.-Otro día lo voy a visitar pero ahora tenemos que volver al campo porque mamá se va a preocupar.


    El tío los tomó de la mano y en silencio se subieron al sulky para regresar a la granja. José Shalli tuvo que guardarse el orgullo y sus discursos cristianos para otro momento. Su hija ya era una mujer que tenía dominio y poder. De qué se quejaba si él la había educado así; solamente, a su criterio, se había equivocado en la elección del marido a quien consideraba un blando portador de cansancio.


    De---Querida Rosaura
             ¿Cuánto dura el amor?
                                  La eternidad.


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    A José le quedaron cicatrices en el alma después de haber discutido con su hijo varón; el seminario en vez de acercarlo a sus raíces lo había alejado más y lo había convertido, para él, en un hombre sensitivo, con poco entendimiento y nada de sensatez. A Agustín no le gustaba la conducta de su padre pero trataba de respetarlo con sus imperfecciones y sus juicios poco equitativos. Nada resultaba más antagónico que amar ejerciendo presión, manipulando voluntades y obligando a criaturas a decidir sobre situaciones basadas en conflictos familiares que arrastraban años de litigios. ¿Por qué nadie lo entendía?.


    José Shalli era el jefe de una dinastía que todavía tenía adeptos pero que debía cuidar para que no lo traicionaran; las mujeres que vivían en su casa le calmaban los dolores porque lo apoyaban demasiado. Él se había encargado de cultivar los ánimos como si profesara una secta de fanáticos e intransigentes. Don José debía estar contento con su historia y demostrar la fragilidad del ser humano con todo lo bueno y lo malo para poder lograr el verdadero sentido de la existencia.


    Rosaura sabía que debía obedecer a su madre; por una extraña razón entendía que así tenía que ser. No se sublevaba porque la amaba. Magdalena gobernaba esas tierras con el poder de un hombre y la convicción de que las mujeres debían hacerse valer y ser respetadas ante el machismo y la autoridad masculina. Le hubiera gustado labrar el suelo para sacarle el máximo de provecho, juntar los frutos de la cosecha con sus propias manos, tener el dinero suficiente para que su padre no pudiera hablar…, pero estaba allí, embarazada, a punto de dar a luz, con la esperanza puesta en el hijo por venir y en el drama de no cruzar una mirada con José Shalli que, seguramente, le diría:

    -¡Otro hijo más!.


    Frente al farolito de puerto pasaba las noches tejiendo junto con Rosaura que hacía los deberes sobre la mesa de nogal. Los perros ladraban y ellas se sobresaltaban… Magdalena tomaba la escopeta que tenía escondida detrás de la puerta con la ristra de ajos y tiraba tiros al aire. Seguramente, algún gato trepaba por los naranjos para huir de los animales que dormitaban en la portada. La oscuridad era la antesala de las tragedias; sin embargo, Juan dormía sin imaginar que su esposa tenía tanto miedo. Ese cuerpo  guerreaba con la vida, con un carácter fuerte y obcecado, con la rutina en un lugar que parecía sepultado por las décadas. Tenía terror a un fin inesperado como si tuviera conocimiento de la cercanía de la muerte que siempre, y bajo toda circunstancia, es absurda porque es la negación de la vida. Si hubiera cambiado su actitud, esa paranoia que le hacía tanto mal, hubiera podido disfrutar de las bendiciones de una existencia rica a pesar de los apremios económicos. Magdalena no vivía en armonía por estar a la defensiva pensando qué dirían los demás de sus hábitos y de su entorno. Esas personas que creían ser mejores no eran más que oligarcas venidos a menos, amigos de su padre, jueces de memoria oscura y de presentes opacados por la patética maraña de la codicia.

    -Ayer vimos al abuelo enfrente del colegio-dijo Juan José entusiasmado.

    -¿Dónde?.

    -Estaba parado en el adoquinado con el bastón y las llaves de ese fabuloso auto en las manos.

    -¡Será posible!-dijo Magdalena tratando de hacer una pausa para tomar aire.

    -¿Quién?-preguntó una voz poco fluida.

    -El abuelo, papá.

    -Ese hombre tiene un interés poco normal e intenta provocar inestabilidad emocional en todos nosotros. Tiene una forma de vivir excéntrica y quiere transformar nuestra realidad a sus propias necesidades. Es una persona egoísta y nunca deja de arrojar veneno para alterar los ánimos, luego se va, tranquilo, pisando firme, como si nada hubiera pasado.

    -No es tan así. Tú porque eres demasiado susceptible y te sientes agredido. ¿Por qué no le haces frente y le acomodas los puntos en su lugar?.

    -Porque lo respeto por su edad y por su talento para lograr las metas que se propuso.



    Rosaura seguía mirando la luna llena por la ventana y las ochenta y ocho constelaciones en la Vía Láctea: Quilla, Centauro, Orión, Lira, Cochero, Boyero, Erídano, Cruz del Sur, Virgen…; pensaba que todavía no conocía a nadie que se haya muerto para sentir, en su cuerpo, los ojos del amor. No entendía la pelea de sus padres, pero tampoco los escuchaba demasiado. Ella quería mucho al abuelito de retorcidos bigotes porque era muy protector y solía contar cuentos que la divertían muchísimo. En la inocencia no hay lugar para conjeturas porque el alma no sabe de malentendidos.



    ¿Para qué tantas preguntas?. ¿Qué complicados que son los mayores?. Mientras continuaba la discusión, ella se recluía en el cuarto donde había una caja con la ropa del bebé: unos baberos de linón bordados en punto sombra, un ponchito con motas, batitas y toallas. Sacaba todo de su lugar y luego lo volvía a acomodar con prolijidad. Miraba el techo y las paredes desteñidas y sentía escalofríos, miedo a una oscuridad completa y a esas verdades que no se podían modificar: la cadena humana, ese eslabón que se cortaba con un ruido seco de hierros, el dolor que no conocía todavía y el perfume como una bocanada de humo que entraba por las grietas.




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  • 11/24/17--10:16: Maestros (1era parte)


  • EL ARTE ANTIGUO Y MEDIEVAL

    ORIENTE

    "Si sabes tan poco de la vida... ¿Qué podrás saber de la muerte?


    Las primeras manifestaciones artísticas chinas (cerámicas, estatuillas de barro y vasos rituales de bronce) fueron hechas en el tercer milenio aC. La perfección de estos artesanos era tal que no se ha encontrado una sola vasija con el más ligero defecto. La porcelana se usó para crear objetos decorativos; experimentó un gran auge durante la dinastía Ming.

    Los chinos consideraban que la escritura era la expresión suprema del arte; la pintura nació de la escritura, lo que explicaba la importancia que en ella tienen los trazos lineales. Su temática reflejaba el paisaje y la naturaleza, así como el respeto por la historia y por las deidades y demonios. Ellos se creían todopoderosos; vendían como esclavos a su mujer y a sus hijos.


    En un pueblo tan supersticioso y al mismo tiempo tan escéptico. Entre sedas y porcelanas describían las leyes reguladoras de los eclipses y del movimiento de los astros. La vida social se basaba en el culto a los antepasados tratando de revivir con palabras el complejo de las ciencias. Esculpían figuras de animales, especialmente dragones, porque no eran afectos a representar al cuerpo humano. En esa existencia simple y tranquila, sin deseos materiales, la filosofía naturista era el modelo a seguir con las reglas morales de buena y sabia conducta. Intentaban dilucidar los misterios de sus ancestros para indagar en las verdaderas razones del ser y del sentir, dejando de lado la soberbia de los incapaces y de todos aquellos que no podían asumir los errores cometidos


    La sinceridad era el principio y el fin de las cosas y las virtudes debían ser las mismas para los monarcas como para los labriegos.

    Los estudiosos del arte eran muy exigentes con ellos mismos y con los demás; eran locos y egocéntricos porque buscaban la perfección de los dones y el milagro en autores que no podían elevar sus horrores expresivos a una categoría respetable.


    Es que consideraban que les hacía falta estudio, dedicación y perseverancia para no caer en el olvido, que para algunos era impredecible, o simplemente para surgir del aletargado mundo de los desconocidos. Nada era tan absoluto como creer que eran superiores al resto, era de necios no reconocer las fallas ante cualquier pensador, escultor... que había sido un elegido o que se había preparado.


    La calma llega después de la tormenta cuando ya no hay congoja y sólo deseos de seguir las huellas de quienes saben quitar las malezas de un camino sinuoso, sin líneas rectas. La intención está en transitarlo y llegar hasta el límite para saborear el aplauso humilde de algún artesano de pueblo, con grandeza y capacidad de observación.


    La obra tiene que conservar no sólo la integridad de la forma de expresión psíquica y poética sino también el máximo contenido de realidad. 

    "El juego de inventar es fulgor de eternidad"


    ¿Quién fue Wu-Wang?

    Fue el personaje de un relato, un niño con un alma grande que sabía de virtudes, que se entregaba como todos aquellos que aman de verdad, que se sacrificaba por sus padres...




    Maestros----El sentimiento de un verdadero artista 
    (Ensayo sobre Historia del Arte-2009-Santa Fe-Argentina)