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Luján Fraix
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    II



    A principios del año 1967, Rocío se enfermó. Manuela con la niña en brazos corrió desesperada por las calles de la ciudad en busca del médico. Julián permanecía en su trabajo ajeno a la circunstancias, sin imaginar siquiera que su hija estaba mal. A Manuela le brillaban los ojos por las lágrimas acumuladas y no entendía razones. En la clínica de Barbastro le dijeron que Rocío sufría un derrame pleural con intensa dificultad respiratoria; tenían que dar con el diagnóstico definitivo para aplicarle un tratamiento apropiado. Podía ser una infección o una hemorragia; los medicamentos citostáticos eran más efectivos que otros.


    -¡No puede ser!-gritó Manuela a las enfermeras. ¡No ven que la niña se muere!.

    A Rocío la dejaron internada en el sanatorio “Huelva” para aplicarle un tratamiento con antibióticos y un drenaje quirúrgico.

    Manuela, acompañada por su madre, se quedó junto a la cama con un rosario de nácar en las manos. No estaba en condiciones de tomar decisiones porque no tenía la capacidad suficiente para hacerlo; siempre vivió protegida por sus padres y luego por Julián en un mundo donde todos hacían las cosas por ella. Nunca tuvo que elegir porque los demás se dedicaban a esa tarea. Manuela sólo se dejaba influir sin detenerse a pensar qué era lo que en realidad le gustaba: una forma cómoda de no asumir responsabilidades.


    Ahora esperaba a Julián para que salvara a su hija. Él llegó al atardecer agobiado por la noticia y con la certeza de que la mejoría no se haría esperar. Julián clamaba por definiciones, hablaba con los médicos, discutía… mientras Manuela, desde la habitación en penumbras, deliraba porque sabía que estaba dicha la última palabra.

    ¿Podría ella cambiar un destino escrito de sometimiento a las leyes?

    La verdad se desdibujaba y era una carga que esperaba agazapada el momento de salir a la luz. La fatalidad daba vueltas entre la ignorancia que la llevaba a un solo fin. Manuela quería exiliarse en la mentira y en la ficción porque esa realidad acababa con su escasa capacidad para la lucha. Prefería entregarse a las humillaciones y al descontrol de los sufrimientos porque ya estaba acostumbrada a suplicar para abrirse paso.


    Manuela Costa Río se retiró como un fantasma enmohecido del sanatorio “Huelva” sin ser vista por nadie; se fue a la casa a cuidar a Letizia que se encontraba con su padre.

    El abuelo, ajeno a las circunstancias, estaba tomando un vaso de vino que él mismo guardaba en un tonel de roble. Manuela se acercó despacio, se arrodilló y colocó la cabeza sobre sus rodillas.

    -¿Hija, qué pasa?

    -Rocío está grave.-alcanzó a decir y se bebió el vino de la copa de su padre, luego corrió a su refugio de nervaduras vivientes, hongos enteógenos, cactáceas y semillas.

    -Cuida a Letizia.-le gritó.

    Allí, entre las esencias chamánicas, Manuela buscaba la capacidad consciente de unificación entre lo material y lo espiritual para lograr un estado de salud mental superior, sin sacrificios. Ella quería desconectarse de la realidad, eliminando la línea del tiempo terrena. En esos niveles arcaicos íntimos encontrar la mejor manera de enfrentarse a ese futuro que caminaba delante de ella guiando sus pasos. No quería correr riesgos porque no aceptaba las alternativas; en el fondo sabía que las cosas eran blancas o negras y que los destellos de luz aparecían sin esperarlos como antídotos para enfrentar la adversidad.


    Julián regresó a la casa después de dos horas y dijo que Rocío estaba mucho mejor aunque había desdicha en su rostro como quien se halla de vuelta de la vida; era un hombre al que le habían quitado los recuerdos: vacío, estéril, debilitado igual que Manuela.

    Rocío los convertía en padres endebles; ella con su dulzura de princesa los destruía de a poco sin imaginarlo y ponía la historia en su lugar.

    Ambos tomaron un café mientras miraban por la ventana, en silencio, y luego tras un llamado de teléfono salieron corriendo…




    Mausoleos de mármol negro en la avenida de la necrópolis parecían diminutas iglesias cubiertas con cúpulas y vitrales. Rocío ya era un ángel vestido de una manera lujosa, guardada en un ataúd blanco y llevada a paso lento por un carruaje tirado por mulas.

    Manuela ocultaba su historia bajo la capelina y sentía a través de las sedas de su traje las paradojas y los temblores de los cuerpos descansando bajo el cielo, en el jardín de una eternidad que mendigaba la claridad, la dicha imperfecta pero necesaria, otra oportunidad. Ella percibía una soledad crónica bajo sus huesos sin voluntad; lejos de ganar la guerra era una víctima que sabía de antemano el desenlace, por eso no podía culpar a nadie.


    Las personas en el cementerio se alejaban de Manuela porque la veían tan muerta como su hija.

    “Tu alma se encontrará triste entre los oscuros pensamientos de la lápida gris”.

                                                                 Edgar A. Poe

    En la casa, el retrato de Rocío con crespones de luto era un estandarte de cripta que abrigaba melancolía y llevaba décadas de palabras bíblicas. Con esas vocales seguramente volaban las mariposas y saltaban los grillos de la gata Máxima como tributo a quien los despertaba de su retiro.

    -Dios habla a través de los seres vivos-dijo Manuela extraviada después de retorcer en sus brazos a la gata que parecía un bebé en un cuerpo felino.

    Julián, con barba de una semana, estaba entregado; sentía frío y su cara se transformaba cada vez que recordaba a Rocío. Era tan profundo el vacío que no tenía curvas y absorbía despacio la sangre para dejar secas las venas en una ceremonia con imágenes de espíritus aéreos.

    -Somos tres pero pronto seremos cuatro-dijo Manuela.



    La escena se inmovilizó a la luz de alguna candela y en la sombra el rostro de Julián se puso más pálido ante la confirmación de Manuela. La vio nuevamente embarazada con los ojos cerrados y un ramo de rosas negras en las manos. Se quedó inmóvil al amparo de la penumbra con la visión del cuerpecito de Rocío indefenso y solitario junto al hielo casi amoratado de los hierros.


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    La luna y sus estrellas hacían esfuerzos inverosímiles para penetrar por las hendiduras de la casona que parecía un carro viejo anclado en medio del camino. Julián veía por las galerías a monjas que se santiguaban y recogían los huesos de muertos ancestrales, sus rizomas, los jarabes, las mortajas, los cirios… Entre los líquenes, aparecía la gata Máxima cubierta de grillos que se recostaba porque estaba agotada de huir de la persecución de Rocío. ¡Misteriosas preguntas!


    Manuela lloraba por los rincones con la criatura en brazos y se sentía inútil para criar a Letizia porque tenía más miedo que antes; era una mujer casta y permanecía, por su propia voluntad, ajena a las miserias de los humanos; sin embargo, Dios se empeñaba en reclamar lo que era suyo. Ella no estaba enojada con el Supremo; lo amaba más que nunca.

    -No me interesa ser santa, quiero ser digna del cielo-repetía.


    Manuela recibía toda la carga de la ausencia de Rocío porque era su madre y a pesar de no tener edad sabía muy bien lo que significaba estar en peligro. Ese juez, cansado de tantos veredictos, le había confirmado sus sospechas y ahora era tarde para preparar tisanas, llenar los cántaros, recoger las flores de peonía… Odiaba el latido del reloj y las visitas a destiempo porque quería estar sola y aislada de la sociedad para sangrar por las heridas con el dolor que sólo una madre puede sentir. Cuando se dormía veía la muerte que se escondía en su cuerpo como un reptil y a la mañana la pesadilla de vivir sin la niña la hacía reaccionar nuevamente.


    -¡No puede ser!-decía abrazada a la almohada en el cuarto silente cuyas paredes vigilantes guardaban sus secretos.

    Los años anteriores le parecían superficiales porque nunca antes había sentido los destellos de la felicidad de estar cerca del ser amado, de extrañar su presencia, de languidecer ante unos ojos oceánicos que decían más de lo que una pequeña hija podía expresar con todas las palabras. La soberbia de la injusticia no imaginaba cómo despedazaba un corazón con cada momento; Manuela, herrumbrada, cobarde, quería ser cruel porque se consideraba desigual ante la maldad de ese destino, pero no era valiente como Dios se lo pedía en los sueños fragmentados. Su voz era dulce y recogida, sus gestos llanos; existía la nobleza del dolor en la santidad de una mujer que no había manchado su espíritu con los pecados terrenales.




    Una mañana de junio llegó a sus vidas despojadas de alegría una beba hermosa a quien llamaron Encarnación. Manuela, tras la luz apacible de las teas, pudo decir:

    -No existe algo más intransferible que los deseos ocultos.

    Encarnación en su cuna con un plumón rosado era igual a Rocío, rubia y transparente. Parecía que había vuelto aquel ángel a recoger sus juguetes, a leer las letanías de la Virgen, a esconder los vestidos de luto…


    Era domingo y Julián, sin entender lo que pasaba, parecía aturdido; no podía concentrar sus pensamientos porque su perplejidad se desbordaba por su cuerpo. En la víspera había recordado a Rocío más que nunca en la cama con los ojos cerrados; la veía corriendo mariposas entre los helechos salvajes, con sus rulos al viento, entre los gavilanes y las retamas. Ahora ella parecía resucitar entre las sábanas de batista  con la lluvia de oro sobre su cabeza.


    Manuela miraba el lento caminar de su esposo por la habitación desde su lecho. Él no quería ver a la niña porque solamente el llanto le quitaba fuerzas, pero sabía que debía seguir adelante aunque su corazón estuviera observando el pasado desvencijado por la irreparable pérdida.

    Encarnación era gruñona y desacomodaba su cama todo tiempo. Manuela la llenaba de crucifijos y llamaba al médico y al párroco de la iglesia de San Francisco día por medio.

    Letizia, de cuatro años, acomodaba el cobertor cada vez que Encarnación, con sus tonterías, desbarataba la cuna, acababa con la paciencia de sus padres y con el mutismo de capilla de la casa centenaria.

    Encarnación había traído el desorden y el consuelo a esas personas desbarrancadas por las tormentas cuando la noche parecía una solterona eterna y huérfana.


    La palabra “madre” volvía a pronunciarse con la alegría cautelosa de Manuela que seguía siendo hija entre los escalones degradados por los musgos, con Letizia corriendo a su alrededor y la gata Máxima recostada sobre su cuerpo. Ella era una mujer insignificante que creía en la niñez como refugio y en la vida de los recuerdos. Nunca tuvo responsabilidades; eso, justamente, le daba seguridad porque sabía que jamás estaría sola.


    “No deberíamos amar tanto a quienes, por las leyes de Dios, se irán primero, pero cómo hacer para no querer…”, pensó con melancolía y cierto temor latente ante lo impredecible.



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    Mis comienzos fueron publicando en antologías compartidas (como 50 o más). Es algo muy gratificante ver tu poema o cuento impreso; fue lento el camino porque seguí estudiando hasta que después de siete años me animé a publicar Amor Verdadero (poemas, 2000).



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    Julián venía a su encuentro con Encarnación en los brazos que se agitaba con intenciones de empezar a caminar. Él la amaba sin condiciones porque la criatura era su mitad, la parte verdadera de su “yo”, el recuerdo desordenado de Rocío y el añoso rostro de sus penas. Tenía su mismo carácter: rebelde, omnipotente, encendido… y lo llamaba con balbuceos sin reparar en su madre.


    Manuela, con un jarro en las manos, desaliñada y torpe, los miraba como quien ve un espacio de niebla detrás de un árbol caído. La soledad de su alma cambiaba cuando su mente, arbitraria, le acercaba visiones de un ayer penoso, entonces se refugiaba con su angustia y se entregaba al aroma del romero, de la salvia y del tilo con los ojos enrojecidos y los bolsillos repletos de amuletos.

    -Dios se ha dormido porque no entiendo su lenguaje-dijo mientras recogía tulipanes para honrar el retrato de Rocío.

    Esa imagen no envejecía ni con la contemplación del dolor ni de la dicha; sería, por siempre, una cicatriz indeleble enferma de lloviznas y de estíos con las flores y el aire de campo en los cabellos.


    Todos y cada uno, a lo largo de los años, la mirarían al pasar como quien contempla algo sagrado, desvanecido por su belleza en la fotografía.

    El altar se erigía en el comedor donde reinaba su alma, allí viviría su eternidad. Manuela colocaba los tulipanes diariamente; no abandonaba los lamentos y las oraciones porque la salvaban de la culpa y de la frialdad del retrato. Ella veía la realidad a través de las palabras del Señor y nada le parecía injusto si venía de su voluntad, pero el tiempo arrugaba los anhelos y ensamblaba olvido y memoria, furia y llanto.


    Encarnación y Letizia, cuidadosamente protegidas, parecían niñas devoradas por las rejas de una prisión augusta. Ni Julián ni Manuela las dejaban solas ya que eran vigiladas todo el tiempo por nodrizas, empleadas domésticas, Francisca y Pedro, los vecinos y hasta los habitantes de Barbastro.





    Letizia era una alumna sobresaliente, callada y sumisa; a cualquier gesto, reto o mala nota lloraba y se cobijaba íntimamente entre la cabellera para ocultar su rostro abatido. Se había educado en un hogar destrozado por la ausencia de su hermana y por el temor de una madre fulminada por las circunstancias que, frente a la realidad, reaccionaba con impotencia e inmadurez.


    Ella había heredado el lado oscuro de Manuela y su preocupación por sobrevivir con la soledad de su alma que vociferaba con toda la voz. Entre los muros de su patio, Letizia criaba gatos y conejos que se llevaban mal con Encarnación que los despertaba cuando estaban dormidos y los obligaba a permanecer inmóviles con las patas en alto.

    -Deja los bichos, vamos a jugar…

    -No…, vete-decía Letizia y se recluía en el cuarto con un acolchado de terciopelo colorado y repleto de muñecas y de objetos extraños que su padre le regalaba para suplir un poco ese vacío que la niña manifestaba con sus llantos y enfermedades psicosomáticas.



    Se entrecruzaban los caminos con melancolía, desamparo, muerte y terror a lo desconocido. Dos hermanas que no podían estar juntas, una madre religiosa con los escrúpulos a flor de piel y un padre que todo lo daba para compensar las faltas.


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    Hola a todos.
    Gracias por seguir mi libro por este blog, es un honor para mí y una alegría enorme. Ya lo hice otra vez y lo vuelvo a repetir hasta que salga la nueva edición con una editorial importante de Buenos Aires.

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    Yo lo único que deseo es que me conozcan, acercarme a ustedes con todo el amor y la vocación que siempre he tenido. Desde los 8 años que escribo y me siento tan feliz que no podría hacer otra cosa. Es difícil llegar a ocupar un pequeño espacio pero estoy luchando día a día por lograrlo, tratando de estudiar y aprender. Escribir no es fácil, no es poner una palabra detrás de otra sino que lleva muchos años de leer, de quedarse horas despierto, de esperar un estímulo, de perseverar...

    Gracias por seguirme. Pronto subiré capítulos de LA NOVIA. Es una historia policial con tintes fantásticos. Algo lírica como todo lo que yo escribo. 

    Muchos besos de alma a alma con el corazón repleto de deseos de crear vínculos con ustedes.

    Pronto tendré noticias bellas para compartir.

    Luján Fraix



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    “¿De quién tengo que cuidarme?”, se preguntaba a menudo Letizia porque no entendía tantas recomendaciones, la obligación de llevar un crucifijo, de regresar con el sol de la tarde, de no hablar con nadie… La infancia y su juego la estaban ahogando porque era muy sensible y su pobreza interior se parecía a la de una novicia a punto de tomar los hábitos. Era piadosa ante los necesitados, fiel a Dios, obligatoriamente temerosa y enfermiza.


    -Letizia, amor, reza por mí un rosario entero-le decía Manuela cuando tenía que salir a buscar Encarnación que se había escapado tras saltar el murallón de los jardines. La niña huía por los baldíos con una muñeca despedazada en las manos y su deseo de libertad se manifestaba con esa rebeldía que se burlaba de la uniformidad de Manuela.


    Rubia como un sol, Encarnación le pegaba cachetazos a su madre que la traía de regreso a la casa arrastrando las piernas en las baldosas de cemento mientras Letizia trataba de empequeñecerse y de pasar inadvertida. Ambas no soportaban la custodia de Manuela pero se rebelaban de manera diferente porque debían aprender a crecer solas; el vuelo indefinido de quien las había criado con tantos cuidados las desorientaba. Una se volvía feroz contra ella y la otra se entregaba a sus acertijos, dilemas y paradojas con la convicción casi febril de huir en el momento que nadie se diera cuenta.

    Encarnación y Letizia en eso sí estaban de acuerdo; las dos querían escapar de la protesta infantil de Manuela, de su amor posesivo, del maltrato psicológico, de sus predicciones sobre un futuro desgraciado…




    En el verano de l970 fueron de vacaciones a Ávila, la ciudad amurallada en la que vivió y murió Santa Teresa de Jesús y Madrigal de las Altas Torres, localidad de esa provincia que vio nacer a la reina Isabel “La Católica”.

    La capilla era el lugar más concurrido por los peregrinos. Un retablo barroco que guardaba testimonios de su vida y una escultura de quien creció como Teresa Cepeda, hija de un judío converso que comerciaba telas.


    Julián y Manuela eran devotos de la imagen y llevaron a sus hijas para que pudieran conocer, de cerca, la maravillosa historia. Ellos intentaban crear un espacio a la virtud para que no hubiera rebeliones pero las niñas eran diferentes; aunque existiera una idea inicial después se malograba. La manera de entretenerse y de sentir, la comunicación, el compartir momentos, los sueños… no eran posibles sin un respeto, sin entender los objetivos de cada uno… La distancia era mayor porque el vínculo era remarcado por la autoridad de Julián y eso provocaba rechazo, especialmente con Encarnación a quien no le importaban las reglas de educación.


    -¡Siempre es mejor volver temprano!-decía con el deseo de regresar a casa porque el paseo la aburría muchísimo. Prefería ver el florero con tulipanes junto al retrato de Rocío, escuchar el llanto de Manuela y merodear entre los conejos. En otro lugar habría una forma más útil de ver la vida, ser una máquina de olvido y poder refugiarse en un sitio menos complejo, libre, sin nudos…

    Letizia volvió al colegio a estudiar religiosamente y Encarnación a romper tizas, libros y cuadernos. Ninguna de las dos podía ser rescatada, eran como el día y la noche.

     Letizia, en su adolescencia, sufrió el acoso de su hermana menor hasta el cansancio. Manuela las obligaba a ir juntas a todos lados como parte de ese vertiginoso mundo de contradicciones y de miedos. Julián les entregaba su vida y el dinero que derrochaban a manos llenas. Eran jóvenes de alta sociedad y debían comportarse como tal porque estaban demasiado expuestas a la contemplación indiscreta de los demás. Debían salir de la presión de las miradas pero ¿cómo poder transformar las exigencias internas para que las externas no les complicaran la vida?


    Manuela ignoraba el problema y subía la carga negativa al entorno, entonces en el caso de Letizia sus fuerzas se debilitaban a tal punto que a veces se olvidaba de sus obligaciones escolares; estaba siempre enferma tomando té de tilo, manzanilla y boldo que Manuela le llevaba a su cuarto cada media hora. Una manera errónea de tratar de solucionar los problemas.


    Letizia no sabía expresar las emociones y eso le ocasionaba dolencias que desembocaban en una soledad testigo de la necesidad vital de tener experiencias propias de su edad. Ya había afrontado la adversidad junto con sus padres, ahora debía trabajar sus aspectos internos para tener una visión mucho más clara de las situaciones; esto, seguramente, si era tratado modificaría sus sistema inmunológico y alejaría los males físicos.


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    Sin embargo, a los quince años tuvieron que operarla por un problema que quedó puertas adentro. Fue trasladada desde Barbastro a Italia para la cirugía que, según los facultativos, era demasiado compleja.


    Letizia se recuperó rápido porque esos nuevos aires la alejaron del control de su madre. Julián, quien la acompañó en el viaje, superó las expectativas pues se comportó como un padre contenedor que arrojó luz sobre los oscuros pensamientos de su hija, de la sociedad morbosa y de su círculo familiar. Sumergida en la medianía de una ciudad diferente, Letizia parecía haber crecido por esa experiencia triste que el destino le impuso sin estar preparada.


    Manuela hablaba poco del tema pero dirigía su mirada a Encarnación que le alteraba los ánimos con su alboroto. Sus pupilas dilatadas hacían de esos ojos un abismo tan impenetrable como su alma abandonada al castigo de los miedos. Ella seguía siendo una criatura que sufría el desamparo de la muerte en conexión con la supervivencia. La Inquisición habitaba su vieja casona y quería devastar su futuro incierto.

    Mientras cocinaba los buñuelos de acelga empapada con sus lágrimas, las hornallas se apagaban… Las horas transcurrían en monosílabos completos hasta la noche cuando, sentada frente al retrato de Rocío, oraba con el rosario de perlas en las manos. Existía tanta nada a su alrededor, simplezas y lujos, la incapacidad completa… A Manuela le parecía escuchar los grillos de la gata Máxima, las chicharras en los veranos de su infancia, los zorzales de los cuentos… Sentía el desapego del amor que se alejaba hacia un fin esperado y vivido de antemano.


    Esa noche, Manuela no pudo descansar. Se recostó en la cama con la memoria desganada y miró los tirantes de madera, donde alguna araña había petrificado los cristales de la lámpara. Ella sabía que Letizia estaba por regresar porque el miedo, con sus vahos, se había colado por los pliegues de los herrajes, en los muros y en la crueldad de los sonidos noctámbulos. Cada día le recordaba una próxima separación.

    Permaneció sentada bajo la montaña de escombros, ceñida a su esqueleto y emitiendo juicios como si eligiera las muertes con sus víctimas. El miedo era su verdad y la quebrantaba igual que si estuviera esperando un invierno más crudo, más anciano, pero endiablado por su furia. Manuela podía adivinar los pasos del futuro, la luz al final y el carrusel; muchos secretos aún no develados pero latentes.


    ¿Algún día terminaría la tortura de ser mártir?

    El escalofrío de su cuerpo le decía que nadie volvería a pisar la tierra y se congelarían las tumbas de tanta indiferencia.

    Manuela percibía que algo la derribaba frente a Dios. Ella lo amaba humildemente como su sierva pero no podía asumir las pérdidas; decía que allá, en el paraíso, estaría mejor pero en el fondo deseaba ser inmortal. El hecho de que algún día desaparecería de la faz del mundo era un tema difícil e inaceptable cargado de interrogantes que se fracturaba con las oraciones y le mostraba un edén posible. Exponía los salmos que le resultaban inconclusos porque no alcanzaban para suplir el desorden existencial en el que se hallaba perdida.

    El miedo era tan fuerte que la paralizaba porque ya no podía dignificar los santos credos, aunque, a veces, la rescataban de la insensatez y aclaraban la desidia de su memoria.


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    Amigos...
    Hasta acá llego con el segundo capítulo de la novela, al menos por el momento, porque quiero, es mi deseo más grande, que la tengan para ustedes en formato libro, en papel, porque considero que es una forma de dejar huella, de dar algo de lo que ustedes a lo largo de todos estos años me brindaron.

    Un libro es maravilloso (para mí), es alma... y perdura en el tiempo y pasa de generación en generación dejando al menos algo de su autor.

    Casi he borrado mis e-book porque no me gustan y prefiero que aunque venda uno, dos, o tres... No sé... estaré feliz porque sé que lo tendrán en sus manos. Los e-books se olvidan, desaparecen, y algunos que los bajan no los leen, incluso odio la "piratería"; me los han copiado hasta el hartazgo y no precisamente porque crean que son Best Sellers.
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    Les cuento que pronto esta novela saldrá por una editorial de Buenos Aires como mis otros libros; por ahora quien quiera adquirirla en papel está en esta dirección


    Se puede comprar desde cualquier país, es fácil. Ya algunas amigas lo hicieron. Si tienen dificultad me preguntan allí mismo.

    Gracias por el cariño de siempre.

    Otro día empezaré a subir para compartir los capítulos de LA NOVIA ¿Ella regresó por amor?

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    Sarolta Bán
    Salvador Ferrer se había casado con una mujer que no amaba. A los cincuenta años empezaba a darse cuenta de que el amor era otra cosa y eso lo atormentaba porque no alcanzaba a percibir que él era como una niebla que había que disipar, un remiendo, para su familia.

    Buscaba...

    "Los lazos de afecto se afirman con una renovada confianza."

    No existía claridad mental, el tiempo  se acortaba y los días parecían postergados porque algo extraño lo enfrentaba constantemente con una realidad que no quería ver. 

    El futuro se transformaba en un presente de pasiones pretéritas, de duelos no asumidos, de peleas... y de muros opresivos.

    Aquella novia que abandonó en el altar no le preocupaba pero ella estaba allí porque lo amaba.

    El deseo del encuentro era profundo, aunque el momento parecía extender su voz milenaria como un sueño muchas veces demorado. 

    ¿Alguien sabía que LA NOVIA se consideraba madre aunque no fuera real?

    Ella necesitaba llorar sobre su hombro porque había dejado de contar los rencores.


    Lo tienes en AUTORES EDITORES (en papel) desde cualquier país

    https://www.autoreseditores.com/libro/10423/lujan-fraix/la-novia.html




    En AMAZON (en papel)

    LA NOVIA
    ¿Ella regresó por amor?





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    Salvador Ferrer era un hombre excéntrico de cincuenta años de edad, el primogénito de una familia burguesa. Su madre Úrsula, quien tocaba el órgano en la iglesia del pueblo, todavía lo protegía como un niño y su hermana menor Pilar era como su sombra; aunque la diferencia entre ellos no era incongruente, él por ser retraído parecía mucho más joven.


    Salvador estaba casado con Dolores, una mujer con demasiado carácter muy manipuladora. Tenían tres hijos: Roberto, Mía y Guillermo.

    Él nunca había sentido la felicidad de extrañar la ausencia, de enmudecer ante la mirada de unos ojos que dicen más que las palabras, pero era cierto que, a pesar de todo, se habían unido en matrimonio. La boda fue en la iglesia del pueblo una mañana de abril.


    -¡Voy a llevarme el BMW para salir con mis amigas esta noche!-le dijo Dolores a Salvador que estaba en su escritorio preocupado por los problemas financieros.

    -¡El auto no se toca, llévate el tuyo!.

    Salvador se sentía agobiado por esa familia demandante que no hacía más que exigir, reclamar dinero a toda hora, salidas y viajes. Él era un hombre que le gustaba vivir bien, pero sentía que en su alma se libraban demasiadas batallas. Su padre había fallecido muy joven, dejando a toda la familia a su cargo, cuando Salvador solamente tenía quince años. Tuvo que atender los reclamos de una madre posesiva y controladora y de una hermana caprichosa e impulsiva. Salvador dejó los estudios para dedicarse a los negocios de su padre que precisamente no eran tan transparentes como hubiera deseado. Hombre incansable y trabajador, supo cómo mantener aquella fortuna y acrecentarla. Por añadidura, siguió el camino de su padre con total libertad y ajustándose a los códigos que, de antemano, a su progenitor lo llevaban a buen puerto.


    Salvador se mostraba resistente a una vida de lucha por lograr una posición social elevada, pero el vacío que sentía en su alma, esa soledad que perciben aquellos a quienes le falta afecto, no se reemplazaba con nada.

    Pensaba que había hecho bien cansándose con Dolores a quien no amaba. Su comunicación sexual: la intimidad, por aquellas épocas, era perfecta y él no quería otra cosa ni lo necesitaba. Lo que ocurre es que el verdadero amor no es eso precisamente y Salvador, a los cincuenta años, se estaba dando cuenta. Ya era tarde. Para algunos, la soledad no es una circunstancia  ni una consecuencia sino una manera de ser.

    -¡A comer!-gritó Susan, la señora de servicio.


    Salvador llegó al comedor; la mesa servida tenía solamente un plato. Nadie se hallaba en la casa y él no sabía dónde se encontraba su familia. Dolores solía volver a cualquier hora sin rendir cuentas como si la casa fuera una fonda de paso.


    Salvador, apesadumbrado, almorzó sin levantar la vista y sin hacer preguntas a la mucama que lo miraba como quien ve a un pobre hombre con demasiado dinero o a un forastero muerto en un zanjón. Su rostro no le decía nada, parecía un vagabundo, un pobre desgraciado; sin embargo, vestía con las mejores marcas de ropa.


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    -¡Qué buena salida!. Salvador no te imaginas. Compré una campera divina ahora que se viene el invierno, botas y cartera y un perfume de Armani… Después fuimos a almorzar.

    Salvador se levantó sin decir palabra y se fue a su escritorio a ordenar papeles pues tenía que salir de viaje. Antes de guardar los contratos y demás documentos miró un revólver que tenía en un cajón; luego lo volvió a colocar en el mismo sitio con doble llave. Los gritos de su mujer lo abrumaban demasiado, estaba harto de su frivolidad, de la falta de interés y de compromiso hacia su persona, de la risa y hasta de su cuerpo que tanto había deseado.


    “El tiempo aniquila el amor y las ilusiones, desengaña la inocencia. Pero si al menos nos dejara la piedad antes de que nuestro cuerpo encerrado quede confundido con la tierra y las cenizas”.

    -¡Ya te vas!-le dijo su hijo Roberto con los ojos entrecerrados por el alcohol y las drogas.

    -Sí, tengo muchas cosas para hacer. Dile a tu madre que se ocupe del negocio y que atienda a los clientes mientras estoy ausente.

    -Puedo hacerlo yo-dijo Roberto.

    -¡No, tú no!


    Sentía que su familia se desbarrancaba; hubiera querido huir de ellos para siempre, pero algo lo retenía: los sentimientos, su formalidad y algunos códigos de vida que todavía conservaba. Prefirió no discutir y permaneció el resto del tiempo sentado en la galería contemplando la campiña, los tejados de las casas vecinas, escuchando la sirena del tren en la estación y los pájaros que buscaban abrigarse entre los eucaliptos.


    Mía volvió del colegio con amigas y transformaron la casa en una ensordecedora discoteca, mientras el tiempo consumía la paciencia de aquel hombre que solamente buscaba paz. Se sentía marginado en su propia casa, un extraño, en medio de una columna de humo, a la distancia.




    Salvador llegó a media tarde, luego de una semana de negocios. Nadie advirtió su presencia salvo su hermana que se hallaba en la casa de visita informal. Pilar siempre había sido una buena persona pero su vida carecía de acontecimientos para recordar. No tenía hijos, ni estudios universitarios, ni ambiciones. Era alguien a quien le sucedían cosas rutinarias.

    -Hermanito querido, te adoro. Mamá quiere que vayas a verla. Dice que tiene presión alta y que necesita que estés cerca. ¿Deberíamos creer eso?

    -Claro, esta tarde voy.


    Cuando llegó al escritorio comprobó cierto desorden; al parecer Roberto o Dolores habían estado buscando algo. Sus carpetas estaban desordenadas, los libros sobre el sofá y el dinero que solía guardar en el cajón había desaparecido; tampoco encontraba la llave donde guardaba el revólver. Se sobresaltó, se angustió… pero decidió no contárselo a nadie. Solamente hizo algunas conjeturas sobre las razones de aquel episodio; temió que alguien hubiera tomado el arma. No existe nada peor que el desamor y la ingratitud.


    Se fue a su habitación a descansar. Más tarde, se ocuparía del tema. En su triste estado de ánimo, trató de sacudirse de encima las sospechas que no discernían entre la razón y la fantasía.


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    Antonio Capel


    De repente, escuchó un grito:

    -¡Préstame el auto!-interrumpió Roberto con prepotencia y el rostro distorsionado como si fuera la propia muerte que se estuviera riendo de Salvador.

    -¡El auto no se toca!-volvió a contestar Salvador con la paciencia al borde del colapso.

    -Egoísta, mal padre-protestó Roberto con tono amenazante.


    Se fue hacia el garaje, donde se hallaba el flamante coche de su padre, y con una navaja lo rayó de punta a punta; luego se marchó tranquilo por la calle desierta a agotar el poco dinero que tenía con mujeres o a beber en algún bar, sin ninguna intención de ocultar sus vicios.


    El centro de la habitación la ocupaba una mesa redonda, de roble, rodeada de sillones de cuero colocados delante de la biblioteca. Directamente, encima de la mesa, pendiente del techo, había una lámpara de cristal.

    -Te quiero, hijo-le dijo Úrsula-He estado algo enferma, te pido que no me abandones. La iglesia me está esperando, seguro perdonará mi infidelidad.

    -Sí, mamá. No puedo venir tan seguido, piensa que tengo una familia. Ya no soy el niño que tú cuidabas tanto.

    -Lo sé. Dime, ¿eres feliz?.

    -Bueno, tú entiendes… Dolores es tan especial.

    -Una mujer perturbada. Eso ya lo sabías cuando decidiste casarte con ella. Tuviste muchas oportunidades: chicas educadas de buena familia y tú elegiste a Dolores que, vamos a ser sinceros, te había engañado más de una vez y se comentaba que te quería por tu dinero. Tengo que ser realista y perdona, pero a estas alturas… aunque tú todo eso ya lo sabes. Yo lo único que quiero es que no te maltrate.


    -¡Madre, soy un hombre!.

    -¿Y eso?. Hoy la violencia tanto física como psicológica puede darse de ambas partes.

    Salvador hizo una pausa, sonrió débilmente a Úrsula a quien amaba, se apartó de la mesa y dirigió sus pasos al encristalado armero adosado a la pared que tenía sus cortinillas cerradas para que nadie viera los objetos reservados.

    -Acá guardaba mi padre las armas en condiciones y cargadas ¿ no?.

    -Sí, pero deja eso que me da terror.

    Cerró el armero y volvió a la mesa junto a su madre; con delicada lentitud se acercó a ella y le dio un beso. Ahora, después de haber visto las armas, se sentía más seguro aunque siempre existe una filosofía para la falta de valor.


    Cuando salió al patio, vio que los gatos trepaban el tejado para observar su presencia y se acordó de su niñez y juventud cuando los abrigaba en sus brazos llenándolos de lágrimas. Se sentía tan solo después de la muerte de su padre. No había podido sobreponerse, a pesar de los años transcurridos, a esa pérdida. Pensar en él lo hundía en el desgarro.

    -Cuídate, mamá. Mañana vuelvo.

    -Bendiciones para ti-dijo Úrsula. Toda su vida se había aferrado a él para protegerlo porque su amor era infinito. Lo cierto era que, de alguna manera, lo había aislado del mundo.


    Salvador llegó a la casa con su coche sin advertir que se encontraba todo rayado, arruinado, por el capricho de su hijo Roberto. Cuando dio unos pasos, volvió la mirada y allí estaba… Su BMW parecía un automóvil viejo y deslucido.

    -¡Dónde está Roberto!-le gritó a Dolores que se hallaba en el living pintándose las uñas.

    -Déjalo que no hizo nada.

    -¡No hizo nada!-gritó Salvador después de escuchar su repugnante respuesta.

    -Tú siempre te ensañas con él porque es joven, porque sientes que compite contigo. Tú eres el padre, no el hermano.

    -Porque soy el padre exijo respeto.

    -Bah… No sabes ser padre ni marido, eres egocéntrico, piensas solamente en ti y en tu estúpido auto. Dinero y más dinero.


    -¿Y tú?. Necesitas de ese dinero, lo gastas a manos llenas, nada te importa. ¿verdad?.



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    Willem Haenraets

    LA NOVIA.

    ¿Ella regresó por amor?

    La ausencia tenía efectos indelebles. Los rostros se desdibujaban en la lejanía gris de los recuerdos. A veces, ella se preguntaba si esa persona había existido en su vida. La nostalgia la envolvía con sus ropajes místicos mientras el tiempo ocultaba tras las sombras el pasado en una batalla constante por volver. 

    "Los idealistas no pueden aceptar el mundo como es..."

    Quería prescindir del amor para poder vivir, desterrar su compleja melodía, pero aquellas noches la humillaban con su polvo, sueño y agonías.

    Necesitaba regresar a ese juego infinito.

    Luján Fraix.


    Cuando el abandono te cambia la vida para siempre.

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    Dolores defendía a su hijo porque sabía de sus adicciones pero no hacía nada por contenerlo y orientarlo. Prefirió no insistir con la pelea y lo dejó solo. Salvador se apartó y tomó asiento frente a la mesa vacía, como siempre, mientras su mirada se perdía por el ventanal. Lo único que le resultaba familiar era la tristeza. Permaneció un rato completamente inmóvil para hundirse luego en una de sus somnolencias momentáneas. De pronto, volvió a abrir los ojos y, con acto reflejo, consultó el reloj.

    “Qué mal padre debo ser para merecer esto”, pensó.


    Era agotador para él sentir que todo se le iba de las manos y que había formado una familia con la mujer equivocada, que no se ocupaba de la educación de sus hijos: un ser sin principios, sin moral ni ética. Ya era tarde para arrepentimientos porque no tenía ganas de nada; se hallaba totalmente abatido y sin fuerzas, aunque cuando se cruzaba con ella sentía que su pecho iba a estallar de furia y que una guerra interna lo empujaba deliberadamente fuera de control. Necesitaba una utopía para vivir esa realidad horrible que le tocaba en suerte pues no quería transformarse en un inquisidor.

    -¿Papá, tienes dinero?-le preguntó Mía con voz dulce.

    Él no perdió tiempo en charlas, sacó la billetera y le dio a su niña de ojos color canela, a quien adoraba, algo de dinero. Apagó las luces y, sumido en una densa oscuridad, lloró de impotencia.

    “Hay gente que se preocupa más por el dinero que los pobres: son los ricos”.

                                                                                Oscar Wilde



    Al otro día llegaron Eduardo y Jorge, sus amigos desde hacía muchos años, con quienes había compartido salidas, partidos de tenis, charlas y algunas mujeres. Eran otros tiempos. Ellos eran testigos de las precarias condiciones en que se encontraba aquel amigo avergonzado por los gravísimos defectos de su familia.


    Ambos lo notaron triste, como deprimido. Pensaron que era normal, pues no le hicieron preguntas porque sabían de los conflictos que estaba viviendo Salvador y de lo vulnerable que podría llegar a ser frente a sus “enemigos” diarios.

    -Lo que más odio es que toquen mis cosas-dijo Salvador cuando vio salir a Dolores sonriendo en su auto con la mano levantada.

    -No te lo tomes así-dijo Jorge.-En el matrimonio todo se comparte.

    Salvador sacudió la cabeza como negando sus palabras.

    -Mira que te deja y se va con otro-dijo Eduardo.

    -Ojalá…-contestó Salvador como iniciando un duelo de cara a la tierra.

    Los dos amigos se miraron perplejos; estaban desconcertados. No quisieron ahondar en la cuestión ya que no entendían bien lo que quiso decir.


    Suele suceder que frente a personas depresivas nadie sabe cómo actuar y se desvinculan del tema, con aparente indiferencia. Ignoran las voces interiores, la intuición, justifican el dolor… tal vez, no sienten empatía.

    Lo cierto era que Eduardo y Jorge se marcharon sin preámbulos y sin advertir que el amigo los necesitaba. Salvador era de esos hombres que no sabían o no podían pedir ayuda y que preferían, en soledad,  correr todos los  riesgos.


    Después de cerrar el negocio, Salvador se fue para la casa y se encontró con Susan que lo miró de  extraña manera. Ella era una mujer simple, con el cabello rizado, la cara redonda y grandes ojos, que no sabía nada del caos del mundo y que se conformaba con poco.

    -Encontré esto-le dijo y sacó el revólver de su delantal. Temblaba como si estuviera afiebrada y dispersa.


    -¿Dónde? ¿Cómo?-contestó Salvador desesperado.




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  • 10/11/17--16:13: La novia



  • Volver a ese juego infinito,
    caminar las calles de arena,
    tu oasis...
    y sentir frío
    como gota de mar en el alma.

    Arrojar las huellas
    en algún espejo roto
    tras esconder mi sombra.

    Llevar el misterio
                            como pretexto
    para descorrer la inocencia,
    sostenida por el asombro
    de un verso que no ilumina
    cuando la vida calla...



    Luján Fraix-2017


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    "Rosaura vivía allí con sus padres Magdalena Shalli, Juan Waner y su hermano Juan José. La niña había nacido a los siete meses, pero gozaba de buena salud a pesar de que la medicina aún no contaba con los recursos necesarios para atender los imprevistos o situaciones que escapaban de lo común. Rosaura, rubia de ojos transparentes, en la cuna de madera con ruedas de carrito medieval, parecía pilotear una nave en medio de un mar bravío. Era una beba inquieta con un carácter extraño mezcla de rebeldía y sumisión. Todavía no sabía del abolengo y de la pobreza, de la salud y de la enfermedad, pero se rebelaba con sus gritos y sus uñitas de gato que arañaban los barrotes de su cuna alba. Era una criatura que llegaba para servir… ¿A quienes?." (fragmento)


    Vivir para los demás... ¿amor o sacrificio?.

    Puede una persona vivir tratando de complacer a otros toda su existencia por obligación... o quizá por amor. Darse cuenta al final de su camino que los años habían transcurrido y que ella no se había dado cuenta por estar inmersa en un torbellino de recuerdos, dolores, partidas y ausencias. ¿Tuvo una vida estéril o la felicidad de dar fue más importante que todo? ¿Rosaura... prisionera? ¿Alguien la retenía? ¿Se puede dar tanto y no recibir nada?. ¿DÓNDE ESTÁ EL LÍMITE?.




    QUERIDA ROSAURA

               ¿Cuánto dura el amor?
                        La eternidad.

    He vuelto a publicar en Amazon este libro porque lo había borrado, es que no me convencía el título; ahora creo que tiene el que se merece. Está en formato Kindle.
    Mañana y pasado GRATIS.
    Besos a todos.


    https://www.amazon.es/Querida-Rosaura-%C2%BFCu%C3%A1nto-dura-eternidad-ebook/dp/B01BJA63O6/ref=asap_bc?ie=UTF8

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    -Estaba en la habitación de Roberto-dijo Susan-Lo hallé debajo de la almohada cuando fui a cambiar las sábanas.

    Salvador se lo pidió y ella se lo entregó sin hacer preguntas pero se notaba que estaba horrorizada.

    -¡No me mire así, no soy un asesino!.

    -No, no, señor… perdón.


    Salvador se fue hacia el escritorio a ocultar el revólver pero no pudo encontrar la llave, lo dejó en la caja de seguridad. Más tarde, se fue a descansar a su habitación; abrió el cajón de la mesa de noche para tomar una pastilla y vio allí la llave que tanto había buscado. Su mundo se reducía a túneles y pasillos, atajos y bifurcaciones, entre paisajes y oscuros rincones sin salida.

    “¿Cómo llegó a ese lugar, yo mismo la coloqué allí, y el revólver en la habitación de Roberto?”, pensó ante tanto desconcierto. Se estaba volviendo loco. “Tal vez, Susan es cómplice. Pero de quién”.

    Se durmió luego de haber tomado la pastilla; estaba agotado. Necesitaba cambiar de psiquiatra, buscar contención, pero no tenía fuerzas para hacerlo; no podía tomar decisiones. Se hallaba en un desierto de cuatro paredes ahogado por hilos de una telaraña que obviamente iba a acabar con él.


    -Nada es igual después de que te casas. Si tu marido no te engaña, te ignora y eso es peor. No piensa en lo que necesitas como mujer: atención, que te escuche, salidas, algún viaje. Ellos solamente quieren hacer negocios y estar alejados de la casa. Nosotras tenemos que ocuparnos de los hijos: escuela, médico, amistades, cumpleaños…

    - Eso ha sido siempre así. Mejor que trabaje, tienes dinero y lo puedes disfrutar- dijo la amiga de Dolores.

    -Sí, con otro.-contestó riéndose a carcajadas.

    -Salvador es un hombre bueno, debes valorarlo más, te da todos los gustos y no te controla para nada. El mío me tiene presa, vigila todos mis pasos. A veces, me siento terriblemente ahogada.

    -Pues eres tonta, mujer, escápate como hago yo.

    -No porque lo amo.


    Se escucharon unos pasos lentos en la escalera y, un momento después, apareció Salvador con aspecto solemne. En sus facciones estaba escrita la historia de su vida. Era aquel hombre una persona rutinaria, pero algo tenebroso había venido a perturbar su compostura natural marcando huellas en sus cabellos revueltos y en el rostro encendido por sus maneras inquietas.


    -Buenas tardes-dijo cuando entró a la sala donde se hallaban conversando Dolores y su amiga Julia. Salvador no conocía a aquella mujer pero tampoco le importaba demasiado. Seguramente, era una mala influencia para Dolores o al revés.

    -Buenas…-dijo la amiga y, al verlo en esas condiciones, se levantó para retirarse. Le parecía demasiado extraña su manera de mirar, tal vez sus ojos estaban nublados por algún pensamiento impropio.


    Salvador no se inmutó; renunció a mantener una simulación de diálogo y permaneció de pie ensimismado. Algo más tarde, se asomó Guillermo que venía del patio con su perro en brazos.



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    -Letizia, amor, reza por mí un rosario entero-le decía Manuela cuando tenía que salir a buscar Encarnación que se había escapado tras saltar el murallón de los jardines. La niña huía por los baldíos con una muñeca despedazada en las manos y su deseo de libertad se manifestaba con esa rebeldía que se burlaba de la uniformidad de Manuela.

    Rubia como un sol, Encarnación le pegaba cachetazos a su madre que la traía de regreso a la casa arrastrando las piernas en las baldosas de cemento mientras Letizia trataba de empequeñecerse y de pasar inadvertida. Ambas no soportaban la custodia de Manuela pero se rebelaban de manera diferente porque debían aprender a crecer solas; el vuelo indefinido de quien las había criado con tantos cuidados las desorientaba. Una se volvía feroz contra ella y la otra se entregaba a sus acertijos, dilemas y paradojas con la convicción casi febril de huir en el momento que nadie se diera cuenta.

    Encarnación y Letizia en eso sí estaban de acuerdo; las dos querían escapar de la protesta infantil de Manuela, de su amor posesivo, del maltrato psicológico, de sus predicciones sobre un futuro desgraciado…

    ....................................................
    ¿Puede una madre, inmadura, impedir que sus hijas tengan experiencias propias por miedo?

    De la novela:


    "El silencioso grito de Manuela"

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    Salvador seguía furioso y desconcertado. Lo primero que se le ocurrió fue que había sido víctima de una broma que no le causaba gracia, pero, sin embargo, el tema del revólver no era algo que pudiera tomarse con liviandad. No tenía que hablarlo con nadie, pero se sentía acorralado por una sensación rara de opresión.

    -¿Te han robado algo?-le preguntó Dolores.

    -¿Por qué?-contestó Salvador sobresaltado por aquella irónica pregunta.

    -Digo… por la cara que llevas.

    -Estoy cansado.


    El viento comenzó a azotar las ventanas y la lluvia terminó por dar un marco a la inhóspita escena. Dos personas que supuestamente se habían amado tanto parecían dos extraños que ni se miraban a los ojos.

    -¿Dónde está Mía y Roberto?.

    -No sé, tú entiendes. Ellos son adolescentes, salen y no dicen dónde van. Así son. Hay que comprender a la juventud, no ponerse en contra de ellos porque terminas quedándote solo.

    -No es así, a la juventud hay que ponerle límites; hay demasiado peligro en las calles. No se los puede retener pero tienes que hacer algo. ¡Mujer! ¡Por favor!, no te comportes con indiferencia. A mí ya no me obedecen.

    -Deja que sean felices y no pongas obstáculos en sus vidas. Necesitan crecer a fuerza de golpes y experiencia.


    Era inútil hablar con Dolores porque su frivolidad no le permitía ver la consecuencia de sus actos. No había madurado, seguía siendo la misma que hacía treinta años. Lo lamentable era que él siempre lo supo y que, conociéndola bien, se casó con ella.


    A la mañana siguiente, Salvador comenzó a ordenar papeles en su negocio. Le dijo al empleado que atendiera a los clientes. Tenía la certidumbre de que llegaría a descubrir el misterio de la llave; sin embargo, algo le decía que ese episodio estaba cargado de violencia, de razones ocultas y de alguna confabulación en su contra. Tal vez, necesitaban que él desapareciera del entorno para ser libres y ocupar su lugar.


    Salvador se estaba volviendo paranoico; ocultó papeles de compras de propiedades en lugares que ni él mismo podía recordar si intentaba buscarlos en algún momento. Es que pensaba que querían robarle a sus espaldas. Había perdido la confianza en su familia y de eso no se vuelve.

    “El crimen perfecto no existe”, pensó.

    En ese momento, entró Roberto con cierto desparpajo al negocio.


    -Quiero ocuparme de los negocios.-gritó.

    -Te he dicho una y mil veces que no, tú debes estudiar; prepara el ingreso a la facultad, si no te gusta economía sigue otra carrera. ¡El negocio lo manejo yo! ¿Está aclarado?

    -¿Es broma no?-contestó Roberto con risa irónica.

    -¡No!

    -Si voy a heredar todo esto.

    -¡Para eso tengo que estar muerto!-respondió Salvador con furia y luego se arrepintió de aquella inesperada reacción producto del enojo, del estrés y de todos sus problemas.

    -En unos días, ¿no?- dijo Roberto y se marchó.

    -¡Qué!




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    Dolores se había casado con Salvador por su dinero. Era una mujer frívola que lo único que le importaba eran las apariencias.

    Vivía en un mundo ficticio, despreocupada de todo incluso de sus hijos a quienes dejaba solos mientras ella se ocupaba de su vida y de los huecos que no podía llenar con nada.

    Salvador era un hombre muy frontal, educado en los mejores colegios, inteligente... El carácter de ella lo sublevaba. Todavía no se explicaba cómo se había casado con una mujer así.

    Sin embargo, ella estaba allí: rubia, lejana, vacía... sin metas ni objetivos.

    Necesitaba dejar en claro que su único objetivo era brillar, usar el dinero de su marido hasta acabarlo... y luego tomar alguna decisión drástica.

    Salvador cuidaba sus bienes  pero no tanto su vida que estaba en peligro.

    Él no sabía de los planes de Dolores y de Roberto, su hijo. 

    Ella quería darle a su hijo una herencia que todavía no le correspondía y para eso decidió poner en marcha el más ruin de los planes.

    De mi libro 
    La novia
    ¿Ella regresó por amor?.


    AUTORES EDITORES (en papel) desde cualquier país.


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    A Salvador se le heló la sangre. Su hijo no podía haber dijo eso. No sabía si aquello era pura maldad o lo estaba desafiando. En ese aislamiento en el que se hallaba inmerso llegó a comprender que, tal vez, esas insinuaciones se debían a que lo aborrecía. Ya no tenía comunicación con él, tampoco deseaba buscar el momento para un acercamiento porque Roberto resultaba ser un desconocido. Salvador tenía esa manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida para desmembrarlos o para sentirse más seguro. Las actitudes de su hijo lo desconcertaban por completo; sin embargo, pensaba que sus respuestas absurdas eran producto del consumo de ciertas drogas.


    En ese momento, llegó Jorge y se fueron a hacer ejercicio físico como todos los días; a veces, jugaban al tenis en el club del pueblo. La caminata la hacían por el sendero izquierdo del cementerio. ¡Qué ironía!. Salvador vio a su hijo que iba por la otra vereda demasiado rápido como quien tiene que llegar a un lugar definido y a una hora señalada. Podía haberlo conocido en medio de una multitud. Desgraciadamente, se sentía ajeno a la vida de Roberto. Era seguro que él iba en busca de droga. Salvador  tenía la certeza de ello y no podía hacer nada. La impotencia lo doblegaba.


    -Mira a Roberto-le dijo Jorge.

    -Sí, él está complicado. Es tan difícil poder intentar manejar la voluntad y menos la de un hijo que no escucha consejos de los adultos que tenemos experiencia y que queremos su bien.

    Jorge lo miro extrañado; Salvador bajó la vista pues no quería contarle a nadie lo que estaba viviendo con su familia, aunque el pueblo lo sabía desde hacía mucho tiempo.


    El camino al cementerio se hallaba desierto. Se escuchaban los sonidos del campo o eran sus demonios internos que lo hostigaban para reforzar su teoría diaria de soledad e incomprensión.

    La gente creía que eran una familia con problemas pero feliz, aunque conocían, de antemano, las manías de Dolores, las adicciones de Roberto y el carácter de Salvador: formal, trabajador, poco sociable.


    Cuando llegó a la casa, después de la caminada acostumbrada, fue al escritorio porque la obsesión por el revólver lo dejaba casi sin raciocinio. Llegó y comprobó, ante el estupor, que la caja seguridad se encontraba abierta y que el arma había desaparecido otra vez.


    -¡Susan!-gritó desesperado.

    -Sí, Señor.

    -Qué es esto, la caja de seguridad abierta cuando yo solamente sé la combinación. El arma, que usted vio el otro día, no está allí.

    -¿Está seguro que la guardó en ese lugar?

    -Sí. ¿Quieres hacerme pasar por loco?. ¡Sí, seguro!.

    Sentía que la mujer le contestaba con desgano y eso lo sublevaba.

    “Nada tan grotesco que pedir a gritos explicaciones a una mucama.”, pensó.

    -Perdone, señor… perdone mi estupidez. Estoy asustada.
    -¡No le creo!. Me siento muy mal. Supongo que no hay razón para tener miedo, pero lo tengo. ¡Comprende!.


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  • 10/18/17--11:37: Mis novelas






  • "La liberación"


    Es la historia de un hombre que fue héroe
    de la guerra de Malvinas 
    y que al regresar, después del litigio,
    lisiado,
     tiene que enfrentarse con una sociedad que lo margina
    y con una familia que es totalmente indiferente 
    a su problemática.

    Del año 1993.

    ***



    "La abuela Francesa"


    En esta novela cuento la vida de mis antecesores 
    desde mis tatarabuelos Francisca y Juan José
    quienes llegaron a América desde Suiza en 1860 aproximadamente
    hasta mi biografía personal,
    recorriendo caminos junto a mis bisabuelos,
    abuelos y mis padres.

    Del año 1993-1995

    ***



    "La nodriza esclava"


    La historia está ambientada en el siglo XVI.
    Isabel es una nodriza que trabaja desde muy niña
    en el palacio del rey Enrique VIII y sus esposas.
    Ella tiene que enfrentarse con "la muerte negra" y los sacrificios,
    se siente nodriza-madre,
    asesina y artista,
    pero sufre porque teme a la Inquisición
    que, por aquellos años, 
    no permitía a nadie expresarse libremente.
    Esta novela tiene muchos elementos fantásticos.

    Del año 1999-2000

    ***



    "El silencioso grito de Manuela"


    Manuela un ser que nunca ha crecido
    tiene una vida estéril
    junto a su familia que va muriendo delante de sus ojos.
    Ella acepta los designios del Supremo
    como una prueba,
    no se rebela,
    no busca ayuda
    y acepta ese destino infausto entre brebajes,
    tisanas, rosarios 
    y retratos de sus muertos.

    Del año 2006-2008

    ***



    Querida Rosaura


    ¿Cuánto dura el amor?
    La Eternidad


    Está inspirada en la historia de mi madre,
    una mujer que vivió para los demás
    y luego para llorar a sus muertos.
    Cuando se dio cuenta de que el tiempo había pasado,
    Dios se la llevó a contar estrellas.
    Tuvo una vida de sacrificio
    y de soledad interior.

    Del año 2009

    ***




    "La novia"
    ¿Ella regresó por amor?


    Una mujer que espera puede ser sólo un alma desdibujada
    o transformarse
    en una sombra cargada de dolores profundos.

    Del año 2016-2017



    "Cuídate de mí amor mío,
    cuídate de la silenciosa en el desierto
    de la viajera con el vaso vacío
    y de la sombra de su sombra."

    A. Pizarnik




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    Carri Ángel


     A Letizia le gustaban los hombres niños, indefensos y carentes de afecto que despertaban en su alma sus más inaudibles suspiros. Sin embargo, sabía muy bien controlar sus impulsos y esperar el momento adecuado para abandonar la castidad sin enterrarse en la culpa. La sabiduría del cuerpo le decía que el alma podía amar a todos y cada uno de los seres terrenales que eran objeto de su merecida pasión. Tiempo era lo que sobraba para cavilar sobre el futuro que Manuela, por los diálogos fantasmagóricos, ya conocía...(fragmento)


    ............................................................................................

    Letizia, hija de Manuela, acostumbrada a vivir entre rejas porque su madre, que no pudo crecer, la llenaba de miedos, se estaba enamorando...
    Sentía, en realidad, que el amor la iba a liberar o simplemente quería huir de su casa. Lo que no sabía Letizia era que ese sentimiento la iba derrotar, porque era tarde para negar la realidad.





    AUTORES EDITORES


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    MANUELA:
    Una mujer que no pudo crecer a pesar de haberse casado y de haber formado una familia. Presa de los miedos, su obsesión eran sus hijas a quienes acosaba con sus delirios. Una era servil, la otra rebelde.

    JULIAN COSTA RÍO:
    (Esposo de Manuela)
    Un hombre excéntrico a quien solamente le importaban los negocios y el dinero, hasta que el destino le mostró su verdadero perfil de la vida.

    ROCÍO COSTA RÍO:
    La primera hija del matrimonio que falleció muy pequeña y que dejó, con su partida, un mensaje para las generaciones futuras.

    LETIZIA COSTA RÍO:
    Mujer sumisa, hija de ambos, obedecía a ciegas a Manuela con una devoción perfecta y eso le provocaba todo tipo de enfermedades psicosomáticas. 

    ENCARNACIÓN COSTA RÍO:
    Rebelde, atractiva, audaz... No aceptaba las reglas impuestas porque ella tenía las propias.
    Independiente, algo soberbia, trataba de no escuchar los reclamos de su madre a quien consideraba una persona enferma e incapaz.

    JOSÉ RODRÍGUEZ:
    (Primer esposo de Letizia).
    Un hombre de campo, demasiado sencillo, indiferente al matrimonio, solitario y fiel a sus costumbre rurales. Cuando se dio cuenta de los verdaderos valores de la vida no le quedó tiempo...

    DOLORES Y LAURA RODRÍGUEZ:
    (Hijas de Letizia y de José)
    Niñas depresivas, sin ambiciones, educadas en el silencio y frente a los temores.

    LUCÍA RODRÍGUEZ:
    (La hija más pequeña de Letizia y de José)
    Nació con una enfermedad incurable y falleció a los 15 años. Dócil, inteligente, adulta...



    ALEJANDRO ROCA:
    (Esposo de Encarnación)
    Una persona que amaba demasiado, que vivía pendiente de los caprichos y de las  necesidades de Encarnación a quien veneraba.

    DAMIÁN ROCA:
    (El hijo de ambos)
    Un niño débil que, tras la muerte de su madre, sufrió anorexia nerviosa y no pudo adaptarse a la sociedad. Su familia durante años jamás le mostró el retrato de su madre. No la conocía porque era muy pequeño cuando ella falleció.


    MANOLO FUENTES:
    (Segundo esposo de Letizia)
    Se casó con él luego de la muerte de José Rodríguez. Un hombre que no aceptaba su sexualidad y que se unió con Letizia por su dinero. Al fin, todo salió a la luz y tuvo que enfrentar las demandas de Manuela que no entendía ciertas cosas por ser demasiado creyente y religiosa. Más tarde, él sería su protector y su amigo.

    ANTONIO FUENTES:
    (Hijo de Letizia y de Manolo)
    Un niño alegre, demasiado travieso, ajeno a todo.

    SOCORRO VALLE:
    (Dueña de la pensión Los Girasoles)
    Una mujer de carácter que hacía valer sus derechos. Por momentos pusilánime, por otros extremadamente cruel. No soportaba a Letizia y su locura.


    -----------------------------EL SILENCIO A VECES ES UN GRITO O UNA ORACIÓN.
                                                                                                




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    Salvador sintió que se le aflojaban las piernas y que todo lo que había pensado y hecho durante esos meses era el colmo de la desproporción y del ridículo. Pensó en reunir a toda la familia para comunicarles lo sucedido pues la situación lo superaba. Él era un hombre fuerte pero su energía comenzaba a decaer por aquellas inexplicables secuencias de película.


    Se quedó un momento sin hablar, mirando el piso, y luego dijo:

    -¿Usted recuerda el arma que encontró debajo de la almohada de Roberto el otro día ?.

    -Sí, señor.-contestó la mucama mirando el piso.


    Mientras volvía a la sala, profundamente deprimido, trataba de pensar con claridad. Su cerebro era un hervidero; cuando se ponía nervioso las ideas aparecían como vertiginosos insectos que querían devorarlo. Luego las iba gobernando como podía para no volverse loco del todo.

    Esperó largas horas sentado en el living el regreso de Dolores y de Roberto. Su esfuerzo mental era extremo, pero necesitaba salir de la perplejidad. Escuchó risas que venían desde el pórtico.

    “Ahora viene  lo peor”, pensó.


    Dolores y Roberto llegaban juntos y felices. Desde siempre habían sido cómplices y amigos. Salvador era de esos hombres que pensaban que había que ser padres antes que otra cosa y poner los límites necesarios para llevar a los hijos por el buen camino.

    -¿Era él el único desgraciado?. Evidentemente, sobraba en esa casa.-murmuró.

    -Hola, marido-dijo Dolores con alegría.-Se te ve preocupado como siempre. Relájate que la vida es linda.

    -Necesito decirles algo-dijo Salvador en voz baja con temor a no ser escuchado como le pasaba siempre.


    Ellos miraron aquel rostro duro, la ansiedad, el desconcierto, la necesidad de comunicación, aunque por momentos él parecía aflojarse. Su mirada colgaba de un abismo y eso a Dolores y a Roberto les daba gracia, se divertían con aquellas dramáticas palabras de Salvador.

    -Les pregunto a los dos directamente y sin preámbulos: ¿dónde está mi revólver?.

    -¿Revólver?, si nunca tuviste uno.

    -¡Sí, lo tengo y tú lo ocultaste debajo de la almohada!-le dijo con furia a Roberto.

    -No, yo no sé nada. ¿Por qué inventas, quieres seguir agrediéndome?. No te cansas de insultarme y de subestimarme.

    -Ay, marido, tómate un tranquilizante.



                Salvador, desesperado, y antes de que ellos se marcharan a sus habitaciones llamó a la mucama porque ella era la única testigo, en aquel momento, de la escena dantesca. 

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  • 10/22/17--16:58: La novia

  • ¿Quién no ha vivido o soñado, un gran amor en su vida?

    Cerrando los ojos, ella La Novia deja que los viejos perfumes la abriguen en su recorrido. Imagina que es posible recrear esos tiempos en los que un cruce de miradas, un roce de manos, un deseo... era todo y alcanzaba...

    ¿La Novia piensa...es el fin de la vida o el principio?
    ¿Puede una mujer esperar un mañana que puede llegar a ser incierto.?

    Caminar calles empedradas, dibujar sombras en las paredes blancas, tratando de soñar cómo hubiera sido la vida si aquella boda se hubiera realizado.

    Escribir el diario de un destino es poco.

    Tal vez, el amor no es el producto de los encuentros, sino que los encuentros se producen porque el amor los va trazando con paso libre y suspendido.

    Ella debía consolarse con el abrazo eterno.
    No sabía de tiempos porque el fuego de la espera le había desordenado los relojes que, como retazos, se burlaban de su realidad sombría, pueril, inalterable.

    ¿En qué se transforma el abandono cuando la realidad se altera?

    En perfume, en albor permanente, en futuro esperado y no vivido... o en ceniza que hay que ocultar.

    El amor queda como una marca, un mapa, alguna felicidad que se esfuma por una ventana y besa el rostro, otro...

    Las palabras escriben sus cartas amarillas que se leen solas frente al desasosiego del alma que no sabe cuál es el camino.

    "En lo profundo del parque verde-lila, Clara se aferró a una cruz y caminó arrodillada a través de la oscuridad en busca de aquel hombre que, a última hora, dejó de latir".